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Entre la aporía y la utopía

 

     Entre estas dos palabras-conceptos que inventaron los griegos, aporía (obstáculo que cierra el paso) y la utopía (lugar inexistente), está la cosa.

Me imagino que un día, tarde o temprano, contando con la irregular ley del progreso moral de los humanos, las cinco potencias que con su poder de veto controlan  hoy, de un modo u otro, la política mundial, aun manteniendo tamaña anomalía, llegarán a un acuerdo de mínimos para impedir la grave violación de derechos en cualquier país por medio de severas medidas de castigo institucionales, económicas o militares, como se ha hecho, parcialmente, en algunas pocas ocasiones. 

Mientras tanto, veremos impunes no pocos atropellos interiores o atropellos exteriores por parte de potencias que posean la terrible arma nuclear o por parte de países satélites protegidos por aquellas, y siempre bajo el temor, temor pánico, del estallido de una guerra nuclear que reduciría a la nada cualquier política civilizada, es decir, la mismísima civilización, que, como tal, es única en el mundo.

Las intervenciones humanitarias

 

                      A partir de los años noventa,  tras la ocupación de Kuwait por Irak, y sobre todo tras la tragedia de Rwanda, donde murió, a golpe de machete de los hutus, casi un millón de tutsis (1994) se extendió la idea del derecho y deber de intervenir, aunque fuera en otro país, cuando la degradación antidemocrática y antihumana llegara a las cotas más altas. Yo mismo defendí por entonces, siendo diputado europeo, ese derecho y ese deber, y califiqué de positiva y altamente humanitaria una hipotética intervención de las tropas francesas y belgas, operativas sobre el terreno, contra la Radio de las mil colinas, mientras repartía las órdenes del excidio por todo el país. Por desgracia, eso no no ocurrió y no se impidió la matanza.

Es cierto que intervenciones de un país en otros no era nada nuevo antes de esos años, como muestra la historia de las operaciones bélicas de Estados Unidos de América en otros países del mismo continente, o de Gran Bretaña, Francia e Israel contra Egipto tras la nacionalización del  Canal de Suez, en 1956, pero en ambos casos no se trataba precisamente de unas intervenciones humanitarias. Los países árabes cercanos a Israel lo atacaron en 1947 y en 1973, e Israel atacó e incluso invadió después varias veces  de Líbano y Siria.

Tras la ocupación de Kuwait en 1990 por el dictador iraki Saddam Hussein, el Consejo de Seguridad dio carta blanca a Estados Unidos de América para dirigir la la operación Tormenta del Desierto para reconquistar Kuwait y dejarlo en manos del Emir.  Esta fue una intervención humanitaria y colectiva de manual, pero con la excepcional sanción del Consejo de Seguridad.

La intervención de la Federación rusa en 2014 para arrebatar Crimea a su vecina Ucrania fue la primera intervención  exterior del Gobierno ruso tras la desaparición de la URSS. Esta vez nadie movió un dedo, aunque mucho los labios. Y no tembló, que yo sepa, el derecho internacional. Ocho años después, Rusia invadió lisa y llanamente Ucrania, y, aunque levantó una polvareda de protestas y la Unión Europea junto a los Estados Unidos de América pusieron buena parte de su poder económico y militar en favor de la nación agredida, ni un solo soldado extranjero defendió su suelo. La condena del Consejo de Seguridad quedó anulada por el veto de Rusia. El temor a la bomba atómica rusa volvía a detener cualquier tentación de respuesta.

Hace solo unos meses el autócrata Trump, queriendo defender a los cristianos, víctimas habituales del bandido yihadista Boko Haram, que depreda y mata al noroeste de Nigeria, destruyó por las buenas uno de sus campamentos, y todo el mundo dio por bueno el ataque o, al menos, eso pareció. Poco después, se llevó a la prisión de Brooklyn en volandas desde su refugio en Caracas al dictador de Venezuela, Nicolás Maduro. El mundo se dividió entre los que que aplaudieron la hazaña y los que le echaron cara haber violado el derecho internacional.

Trump ha vuelto a atacar por segunda vez a Irán, esta última de manera mucho más intensa,  matando al jefe supremo de la Revolución, Jamenei, y el mundo ha vuelto a dividirse entre los que consideran una gran obra benéfica acabar con la dictadura sagrada de los ayatollahs, que solo en las últimas represiones ha matado a más de 30.000 personas, y los que piensan que debe predominar el supuesto derecho internacional, que prohíbe violar la soberanía y la integridad de cada país, aparte las funestas consecuencias de extender la guerra en un terreno minado como la zona del Golfo.

Está claro, viendo todo esto, solo una pizca de  lo que sucedió y sucede, que nos falta una mediación o instancia neutral internacional que nos sirva de criterio y de guía. Que el derecho internacional actual no hace justicia a los muchos estados de injusticia y de atropello de los derechos humanos que sufren numerosos países de planeta. Que tampoco podemos dar por bueno que el líder más poderosos del mundo haga de su capa un sayo o se reserve para sí la ejecución del derecho internacional, siempre que lo  tenga a bien, sin consultar siquiera con su Parlamento y menos con la ONU.

Y en esas estamos.

Las condiciones del desorden

 

                          Siendo el orden del desorden así, y controlado, como digo, desde el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, queda controlada la misma Carta de las Naciones Unidas y hasta la Declaración de los Derechos del Hombre, de 1948. Todo el Derecho internacional. Así se salvaguardan dictaduras como la de China, Irán, Siria, Afganistán, Venezuela, Nicaragua y todas las que les siguen.

¿Qué hacer, por ejemplo, si la Rusia imperialista de Putin se arroga el derecho de invadir Ucrania, porque en algunos de los  territorios de esa nación independiente se habla ruso, y mantiene desde hace cuatro años una guerra cruel? ¿Qué hacer en Venezuela, si se falsea una vez más el resultado de las elecciones, se persigue con mayor saña a los políticos de la oposición y aumenta el número de los muertos, heridos y presos políticos? ¿Qué hacer en Irán, donde se llega a una represión de la dictadura islámica que cuenta 30.000 muertos en unos pocos meses? ¿Qué hacer en Gaza, donde, como represalia por la muerte de un millar de israelíes, el Gobierno democrático de Netanyahu multiplica por 70 el número de enemigos ejecutados, en un verdadero genocidio de los habitantes de ese pobre territorio?

¿Dialogar, discutir, votar, condenar de vez en cuando de boquilla, y vuelta a empezar, porque el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no se pone de acuerdo? 

¿Qué dicen, mientras tanto, las víctimas de  Ucrania, Gaza, Venezuela o Irán, si es que tienen tiempo  para decir algo antes de morir?

El orden del desorden

 

                           El orden internacional actual, que el profeta canadiense Mark Carney se ha empeñado en negar contundentemente nada menos que desde Davos, consistía, al menos hasta hace unos meses, en ordenar de la manera más disimulada posible el desorden mundial, compuesto de innumerables dictaduras, regímenes autocráticos y autoritarios, junto a unas pocas democracias, que tienen todos ellos como cúpula jurídico-moral un Consejo de Seguridad con cinco miembros con derecho a veto, por ser los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y tener bombas atómicas, a los que se añadió China, por el segundo motivo y no por el primero.

Algunos se preguntan por qué no tienen derecho a veto en el Consejo Israel, India y Pakistán, que  también tienen ojivas nucleares -nombre casi romántico de la bomba atómica-, aunque menos cantidad de las mismas.

Al sol de Sabasán

 

                              A las pocas horas de la salida del hospital, llegamos, la mañana del domingo, al pequeño oasis espiritual de Leire. El mar del pre-pirineo navarro estaba más alto y azul que nunca. Y desde la cripta románica hasta el Paso del Oso, entre el hayedo alto, mis recuerdos iban y venían veloces. Fue una misa de acción de gracias, sin providencialismos baratos, envuelta en el gregoriano casi silencioso y en el incienso casi  sonoro.

El sábado siguiente, para no olvidar las excursiones por la Navarra prerromana, llevados por un viento impetuoso, ablandado por un sol primaveral, aterrizamos a orillas de la laguna de Pitillas, o de Sabasán, nuestro  lago interior,  alado de zampullines, fochas, patos azulones y patos cuchara, vistos a simple vista y vistos por el monóculo del Observatorio. Qué bullicio figurativo de aves, de vuelos, de nidos, de mapas, de colores, de alegrías, de visitantes, de vida… Primer pequeño paseo a orillas de lago, que tiene siempre mucho de evangélico. Está rebosante, más ancho y azul que nunca, desaguando de continuo, más lejos todavía de aquella tentación de 1976, cuando estuvieron los paisanos de Pitillas a punto de convertir el humedal en lotes de serna. Desde allí subimos lentamente al cercano castro-ermita de Santo Domingo de Sabasán, y sobre un banco de piedra recalentada, recostados sobre la pared meridional y maternal de la ermita, sorbemos el suave sol de mediodía, pequeño dios, uno de los primeros dioses de nuestros ancestros, luz de luz, símbolo de la vida, sobre todo tras el paso por el oscuro hospital, más sabroso aún que el almuerzo campestre y reconfortante  sur ´l ´  herbe de nuestros sábados.     

El segundo domingo de Cuaresma, por un retraso en la gasolinera, llegamos tarde a la celebración litúrgica en la Oliva, el otro gran monasterio navarro con color y temblor de siglos. Metidos en la inmensa nave, que navega siempre hacia Oriente, relucida tras la reciente restauración, quedamos demasiado lejos del altar, con el coro conventual, el órgano y el armonium de por medio, y nos falta esa corriente magnética que es la fuerza conectiva de toda celebración. Después, mientras revolotean los viejos recuerdos de la casa, desde los tiempos del querido y entrañable abad Mariano Crespo (1971-1993), que se han subido a las copas de los cipreses testimoniales, recorremos un silencioso camino que nos lleva hasta el río Aragón, entre miles de verónicas blanquiazules, cardos marianos radiantes, mostazas índicas a punto de estallar en flores, sembrados ya cuajados de avena y un sol, que se ha humedecido en la laguna cercana y nos bendice de primavera. 

Una mirada compasiva

 

                                La estancia en un hospital, en fin,  devuelve a cualquiera la mirada compasiva -en el mejor sentido del término- hacia ese mundo oculto y escondido de la enfermedad, el dolor, la soledad y el aislamiento. Ese mundo que para muchos son años enteros de vida y tiene sus propias reglas, sus propios límites y reducidos alcances.  Sé que fuera del mismo el tráfago del vivir y el dominio de los instintos vitales nos hacen olvidarlo pronto, pero igualmente  puede dejar una marca positiva en cualquier existencia: una mayor conciencia de lo que somos y dejamos de ser, una sensibilidad más fina ante la limitación y precariedad humanas, una más firme voluntad de acompañamiento a los que más nos necesitan…

En mi familia heredé de mi madre y de algunos tíos esta buena práctica, que para ellos fue prioritaria. Aunque yo la haya dilapidado, entretenido o despistado en otros menesteres que juzgué, erróneamente, superiores…

Esperanza y Belleza (II)

 

                       La fuerza activa de la esperanza  puede abrirse paso también entre la desolación creciente de un mundo que parece estar cada día más alejado de una aspiración universal al bien superior de la paz y prosperidad para todos.

Un paso al frente lo ha dado el filósofo surcoreano arriba citado, en su obra más reciente Sobre Dios, y en esta misma dirección reflexiona otro filósofo el francés George Steiner, ya fallecido, quien en su libro Nostalgia del Absoluto, interpreta la nostalgia no como un sentimiento que mira al pasado, sino al futuro. En este sentido, incluso la nostalgia que nos evoca un esplendor o protagonismo cultural perdido se transforma en un  grito que se lanza hacia adelante y no hacia atrás.

La esperanza se levanta entre las ruinas, porque hunde sus raíces en la memoria humana, que es más una reconstrucción de lo  que podemos, debemos y vamos a ser que una ajada fotografía del pasado, de aquello que fuimos, sin mitificaciones engañosas. La esperanza vive más  de la memoria reconstructiva que del simple recuerdo idealizado. Entre las ruinas ve también posibilidades, capacidades entre lo que hemos sido y lo que podemos ser con lo que somos.

La esperanza no es una huida hacia adelante, sino una concreción real de esa plenitud nuestra aún por emerger, que no es una evanescente fantasía, porque debajo de las ruinas y debajo de las cenizas alienta aún el rescoldo de un fuego no extinguido y la conciencia de una belleza originaria no abolida, por muy dañada y deformada que esté.

Enfermera

 

(Para las enfermeras y auxiliares que me cuidaron en Urgencias, Sala de Operaciones y Planta Tercera (hab. 316) del Pabellón H del Hospital Universitario de Navarra, desde la noche del 13 al mediodía de 18 de febrero de este año).

Enfermera, tú que vienes,
enfermera, tú que vas,
por la mañana y la tarde,
por la noche, sin parar…

Embajadora del Bien
y cónsul de los Cuidados;
icono del  Bienestar…
Por donde pasas, alivias,
y, alegres, ponen tus manos
un toque de humanidad.

Enfermera, tú que vienes,
enfermera, tú que vas,
por la mañana y la tarde,
por la noche, sin parar…

Amiga de los enfermos, 
cuando no madre o hermana
en un tiempo de orfandad.
Tu bello oficio es servicio
y tu presencia consuelo
y firme seguridad.

Enfermera, tú que vienes,
enfermera, tú que vas, 
por la mañana y la tarde,
por la noche, sin parar…

¿Una gracia de Dios?

 

                                 Toda estancia en un hospital, y más si se trata de una operación quirúrgica, por leve que sea, es un saludable ejercicio de humildad, al vivir intensamente la limitación, la fragilidad del ser humano, devenido radicalmente dependiente, en las manos de Dios (si es creyente) y en las de médicos y enfermeras. Es igualmente un ejercicio de gratitud, debido a esa dependencia obligada y amable de los otros, vivencia que en tiempos normales de salud es mucho más difícil experimentar.

La incomodidad física, el dolor o las molestias, el alejamiento de la vida habitual cotidiana, los ruidos, los agobios, el desasosiego, aun en las mejores condiciones de hospitalización, propios de cualquier enfermedad, exigen un acendrado esfuerzo mental y físico, que se llaman paciencia y serenidad, para convertirse en una vivencia humanizada de la pequeña o grande desolación.

Creyendo firmemente en la implacabilidad de las leyes físico-químico-biológicas de la Naturaleza, no por eso dejo de creer en todo momento  que todo es gracia (presencia viva) de Dios. o, dicho más a la llana, que en todo tiempo y lugar, en todo acontecimiento, está el Dios vivo. Se lo digo, en un momento de confesión espontánea, a uno de los médicos que me atienden, que me responde, socarrón, con esa parcial verdad de toda socarronería (humor escéptico):

-¡Una gracia, pero que no se repita!

Hospital de Navarra



Hospital de Navarra.
Noches sin sueño.
Mil alucinaciones
en mi cerebro.
Son tan variadas
y tan fantásticas,
que no me duermo.

***

Al hospital
no se va a morir,
sino a curar.

***

Entre la vida y la muerte,
entre alegrías y penas,
nunca el ser es más auténtico
ni la suma es más completa.

***

Imprescindible hospital,
que nos cuida y que nos cura,
¿por qué nos cae tan mal?

***

Angelito de mi guarda,
¡aquí te quiero!
Metáfora del Dios vivo,
¡aquí te espero!