Una mirada compasiva

 

                                La estancia en un hospital, en fin,  devuelve a cualquiera la mirada compasiva -en el mejor sentido del término- hacia ese mundo oculto y escondido de la enfermedad, el dolor, la soledad y el aislamiento. Ese mundo que para muchos son años enteros de vida y tiene sus propias reglas, sus propios límites y reducidos alcances.  Sé que fuera del mismo el tráfago del vivir y el dominio de los instintos vitales nos hacen olvidarlo pronto, pero igualmente  puede dejar una marca positiva en cualquier existencia: una mayor conciencia de lo que somos y dejamos de ser, una sensibilidad más fina ante la limitación y precariedad humanas, una más firme voluntad de acompañamiento a los que más nos necesitan…

En mi familia heredé de mi madre y de algunos tíos esta buena práctica, que para ellos fue prioritaria. Aunque yo la haya dilapidado, entretenido o despistado en otros menesteres que juzgué, erróneamente, superiores…