Al sol de Sabasán

 

                              A las pocas horas de la salida del hospital, llegamos, la mañana del domingo, al pequeño oasis espiritual de Leire. El mar del pre-pirineo navarro estaba más alto y azul que nunca. Y desde la cripta románica hasta el Paso del Oso, entre el hayedo alto, mis recuerdos iban y venían veloces. Fue una misa de acción de gracias, sin providencialismos baratos, envuelta en el gregoriano casi silencioso y en el incienso casi  sonoro.

El sábado siguiente, para no olvidar las excursiones por la Navarra prerromana, llevados por un viento impetuoso, ablandado por un sol primaveral, aterrizamos a orillas de la laguna de Pitillas, o de Sabasán, nuestro  lago interior,  alado de zampullines, fochas, patos azulones y patos cuchara, vistos a simple vista y vistos por el monóculo del Observatorio. Qué bullicio figurativo de aves, de vuelos, de nidos, de mapas, de colores, de alegrías, de visitantes, de vida… Primer pequeño paseo a orillas de lago, que tiene siempre mucho de evangélico. Está rebosante, más ancho y azul que nunca, desaguando de continuo, más lejos todavía de aquella tentación de 1976, cuando estuvieron los paisanos de Pitillas a punto de convertir el humedal en lotes de serna. Desde allí subimos lentamente al cercano castro-ermita de Santo Domingo de Sabasán, y sobre un banco de piedra recalentada, recostados sobre la pared meridional y maternal de la ermita, sorbemos el suave sol de mediodía, pequeño dios, uno de los primeros dioses de nuestros ancestros, luz de luz, símbolo de la vida, sobre todo tras el paso por el oscuro hospital, más sabroso aún que el almuerzo campestre y reconfortante  sur ´l ´  herbe de nuestros sábados.     

El segundo domingo de Cuaresma, por un retraso en la gasolinera, llegamos tarde a la celebración litúrgica en la Oliva, el otro gran monasterio navarro con color y temblor de siglos. Metidos en la inmensa nave, que navega siempre hacia Oriente, relucida tras la reciente restauración, quedamos demasiado lejos del altar, con el coro conventual, el órgano y el armonium de por medio, y nos falta esa corriente magnética que es la fuerza conectiva de toda celebración. Después, mientras revolotean los viejos recuerdos de la casa, desde los tiempos del querido y entrañable abad Mariano Crespo (1971-1993), que se han subido a las copas de los cipreses testimoniales, recorremos un silencioso camino que nos lleva hasta el río Aragón, entre miles de verónicas blanquiazules, cardos marianos radiantes, mostazas índicas a punto de estallar en flores, sembrados ya cuajados de avena y un sol, que se ha humedecido en la laguna cercana y nos bendice de primavera.