(Mc 16, 1-8)
Madrugada de Pascua
junto al sepulcro:
la muerte es el pasado,
Cristo el futuro.
(Mc 16, 1-8)
Madrugada de Pascua
junto al sepulcro:
la muerte es el pasado,
Cristo el futuro.
«Al tercer día»
(Os 6, 1-3; 1 Cor 15, 3-5)
Tercer día,
el decisivo.
El tiempo de la franquía:
la parusía
del Dios fuerte y compasivo.
El Dios que salva y libera,
el que revive a los muertos
yertos
sobre las sombras severas
de la inesperable espera.
Cierto es Dios como la aurora,
y activo
como la lluvia madrugadora.
¡Y Jesús, de la noche cautivo,
decididamente vivo!
A Jesús diole Dios la razón:
y este es el sentido de la Resurrección.
(Mc 15,39; Hch 10,38; Jn 3,16-17)
Del sueño de la muerte
Dios le despertó
y del sheol sombrío
le levantó.
Dios puso en pie
a quien en Dios puso toda su fe.
«Porque, si confiesas en tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo»
(Rom 10, 9. Lugares paralelos: Hch 2,32; 3,15; 4,10; 5,30; 10,41)
Dios resucitó a Jesús de entre los muertos.
De eso están absolutamente ciertos.
A Cristo muerto
Ya estás muerto y bien muerto. Estás inerte.
Ya están tranquilos los que te entregaron.
Piensan, felices, los que te mataron
que todo ha terminado con tu muerte.
Pero aquí estoy, Señor, para valerte,
tras los muchos millones que te amaron
y sus vidas, felices, dedicaron
a que el mundo pudiera conocerte.
Hoy como ayer los déspotas malditos
a los justos persiguen impasibles
y los clavan en cruces de terrores.
Yo te prometo, amor de los amores,
impedir con mis fuerzas disponibles
sus pasos, sus intrigas, sus delitos.
Conocía de sobra
Jesús de Nazaret
aquel suplicio infame
-«crudelissimum et teterrimum supplicium«-,
propio de esclavos, bandoleros y rebeldes al Imperio.
A él le toca ahora.
Insomne, maltratado, escarnecido
por la tropa del Templo.
Vejado, escupido, flagelado
por soldados vecinos de Judea
que odian a los judíos.
Maltrecho e inestable,
incapaz de arrastrar el travesaño
hasta el cerro de la Calavera.
Desnudo hasta los huesos bien visibles,
lo tumban en tierra los verdugos,
le clavan las muñecas al madero,
y, una vez levantado,
le clavan los pies al palo vertical.
Los perros salvajes y los buitres
solían rematarlos.
Esta vez
el rey de los judíos tendrá más suerte,
por ser víspera de Fiesta.
Ya puede el Sumo Sacerdote
proseguir sus negocios y sus ritos
en el Templo.
Ya puede el señor Procurador,
Poncio Pilato,
cenar tranquilo, con las manos lavadas…
en la sangre del Justo.
Ya está el profeta exangüe,
como tantos profetas peligrosos de Israel.
Ya puede empezar la Pascua.
No hay nadie más, este año, que lo impida.
No huye el Maestro.
A sus fieles discípulos / discípulas
galileos, peregrinos con él a la Pascua,
les invita a una cena solemne
de consuelo y despedida.
Prevé su muerte próxima:
no hay tiempo que perder.
Igual que en Galilea,
la cena es anticipo del banquete hermanal
en el Reino de Dios sobre la tierra,
cuando todos beberán,
alegres y dichosos, el fruto de la vid.
El Rabbi se pone en pie,
toma el pan en sus manos,
bendicen todos al Cielo,
la bendición divina
corre en los trozos del pan
roto y repartido:
«Esto es mi cuerpo entregado por vosotros«.
Entregado hasta el final
para que todos lleguen al Reino de Dios.
Al acabar la cena, fraternal y triste,
toma el Rabbi una copa de vino,
da gracias al Cielo, y esta vez
la bebe y da a todos a beber de la misma:
«Esta es la Alianza en mi sangre,vertida por todos«.
Los pobres galileos, consternados,
no olvidarán el dulce testamento.
Balaban los corderos, en vísperas pascuales,
en los patios y terrazas lunizados
de Jerusalén.
«Pero de entre los judíos nadie se lavó las manos: ni Herodes ni ninguno de sus jueces».
(Del Evangelio de Pedro,1 [Apócrifos de la Pasión y Resurrección]