Archivo del Autor: vmarbeloa

Habla la consejera de Hacienda

 

           La entrevista con la consejera de Hacienda del nuevo Gobierno de Navarra, Elma Saiz, no dio mucho de sí. Era el día, en que apareció la sentencia sobre la devolución del IRPF a las madres y la consejera lo fía todo a la ley de medidas fiscales con retroactividad, pero no dice con quién van a sacarla adelante, puesto que sus socios de Goberno no están por la labor. Y tampoco va más allá de la deducción, a la espera de consensos y soluciones. Con motivo del abono de 72 millones del grado a los maestros interinos, reconoce que se encontró con tesorería, con una buena caja.

En cuanto al próximo presupuesto, dice una y otra vez que su responsabilidad es hacer el mejor para las necesidades de Navarra, con el acuerdo programático como guía, y rehúye una y otra vez la declarión de Bildu de tener que elegir entre ellos y Navarra +. Lo llevará al Parlamento a  mediados de diciembre, y pone interés en recalcar que no hay socios preferentes. Como la lógica es implacable, frente a todo lo dicho por sus jefes, no le gusta hablar en términos de más o menos progresista. ¡Cuando su vicepresidente definió su programa y su Gobierno  progresista-feminista la base de cualquier diferenciación y preferencia!

Tras confesar que de momento no trabajan para aliviar la tributación de las familias, dada una serie de prioridades como las antes dichas, evita a  toda costa culpabilizar al Gobierno anterior por no tener ya tiempo para invertir financieramente el superavit del año pasado. Y ante la pregunta sobre el incremento de un treinta por ciento de la estructura del nuevo Gobierno, repite como un loro la cantilena de que lo fundamental es que el gasto vuelva directamente a la ciudadanía. Y entonces, tutti contenti.

Eso sí, al final, entrevistadora y entrevistada intentan divertirnos con los tres maratones deportivos que lleva la segunda a sus espaldas.

Urdaibai (y II)

 

        Llegamos esta vez a la anteiglesia (de Santiago), hoy municipio de Kortézubi, en la misma comarca de Busturialdea, con seis barrios y casi medio millar de habitantes, a la vera del río Oca, de 17 kilómetros de recorrido desde su nacimiento en Zugastieta por la confluencia de los arroyos provenientes de los pequeños montes de Goroño, Bizkargi y Arburu y el más alto de Oiz (1035 m), a los que se suman varios más en su curso posterior y directamente en el estuario. Buscamos el barrio de Basondo, donde se encuentra la famosa cueva de Santimamiñe. El nombre es un cariñoso diminutivo del martir  capadocio del siglo III, traído por el Camino de Santiago, San Mamés, que en el camino de la cueva, en la parte baja del monte Ereñozar (448 m), tiene dedicada una diminuta ermita de piedra, del siglo XVI. La cima está coronada por la muy antigua  ermita de san Miguel, aureolada con mil leyendas.

En Basondo hay un refugio de fauna silvestre y está el célebre bosque encantado de Oma, con las pinturas arboladas del artista vasco Agustín Ibarrola, que fueron un día semidestruidas por el furor nacionalista terrorista, y que encontramos cerrado. Yantamos en un precioso espacio ajardinado y ornado con muestras paleolíticas, donde no falta una alegre cascada, y a las tres en punto subimos al rellano de la ermita, donde se yergue un monumento de granito al antropólogo y paleontólogo, José Miguel Barandiarán, quien junto a otros colegas investigadores, como el francés abbé Breuil y los locales Eguren y Aranzadi fueron los primeros en estudiar científicamente la cueva. La habían descubierto al azar en 1916, jugando al escondite, unos niños del pueblo, y Jesús Guridi, el compositor vasco, que estaba  entonces en el balneario próximo, fue uno de los primeros en admirar las pinturas primitivas en la espelunca.

En la ermita de San Mamés, que conserva algunos de los bultos devocionales y no ha perdido del todo su carácter sacro, se ha puesto en marcha el proyecto cultural Santimamiñe, un paisaje milenario, en el cual se lleva a cabo un acceso virtual en 3D. La docena de visitantes que somos hoy, mediante unas gafas especiales, y dirigidos por un joven guía, nos adentramos en un paseo vertiginoso por la cueva, de 365 metros de longitud, gracias al escaneo previo y toma de fotografías digitales de alta definición en tres dimensiones. El guía nos deja ver, además, con una serie de muestras guardadas en unas vitrinas, los principales utensilios hogareños y de  caza. que se encontraron en las excavaciones. Y asi podemos ver aqui lo que ya en la cueva, muy deteriorada en todos los sentidos, y cerrada  en su mayor parte desde  2007, ya no se puede ver: 32 bisontes, 7 cápridos,  6 caballos, un ciervo y un oso, diseñados por medio del carbón. El nivel  relevante es el Magdaleniense, del que forman parte los grabados y las pinturas. Dentro de ella se han encontrado objetos desde el Paleolítico superior hasta la época romana.

La cueva de Santimamiñe forma parte desde 2007 del Patrimonio Cultural de la Humanidad, dentro del conjunto del arte rupestre hispano-francés de Asturias, Cantabria, Euskadi y Aquitania, con las dos grandes cuevas de Altamira y Lascaux como prototipos.

No tenemos mucho tiempo, pero echamos un vistazo al fantástico (y carísimo) Urdaibai Bird Center (2012), frente a las marismas de Gauteguiz de Arteaga, instalado en un antiguo pabellón industrial, rediseñado para su integración en el paisaje del entorno y gestionado por la  Sociedad de Ciencias Aranzadi: mirador de la Reserva, observatorio de aves, estación meteorológica, centro de investigación y divulgación sobre las migraciones  de los pájaros en Europa y África , museo…

Nos vamos hasta el barrio de Ozollomendi para ver de cerca el extravagante castillo de Arteaga, palacio neomedieval, torreón neogótico a modo del torre del homenaje, inspirado en la arquitectura gótica francesa, levantado sobre los cimientos de una antigua torre medieval de los Arteaga. A mediados del XIX, la propietaria de la vieja casa-torre, venida a menos, la condesa de Teba, estaba emparentada con los Montijo y los Alba. María Eugenia de Guzman y Portocarrero, era una de las herederas del palacio. Conocida como María Eugenia de Montijo y casada con el emperador Bonaparte III, tuvieron un hijo que se llamó Eugenio Luis de Juan José Bonaparte. A las Juntas de Vizcaya de aquel tiempo no se les ocurrió regalo mejor que nombrar al heredero del Imperio francés bizcaino originario (1856). Lo que hizo que los emperadores, agradecidos, enviaran los arquitectos de la corte imperial para que diseñasen los planos del nuevo edificio, pero sin que nunca vivieran en él. Tras pasar el castillo a los Alba, hoy es el hotel restaurante Castillo de Arteaga Relais & Chateau.

Seguimos por la carretera de la costa, cerca de las bonitas y recogidas playas de Kanala, Laida, Antzoras o Laga, abiertas entre los acantilados, y contemplando en la bocana de la ría, las vegas fluviales de los ríos Oca y Golako, los bancos de arena, las dunas, los barcos de recreo… Dejamos a un lado el cabo de Ogoño y por Elantxobe e Ibarrangelu seguimos hasta Lekeitio, villa conocida y recorrida más de una vez. Nos refrescamos cerca de su segunda playa y desde su privilegiado paseo contemplamos la vieja villa pesquera, hoy excesivamente recrecida a sus espaldas. Y sobre todo el mar, el casi infinito mar, que a estas horas también parece atardecerse, como el cielo, con un suave aletear de olas, cabalgadas allí lejos por un grupo de surfistas, y  con un color lánguido, cada minuto más lento, más desteñido, más preocupante.

 

Urdaibai (I)

 

         Nos quedaba por ver la más hermosa de las Reservas naturales de Euzkadi y de Navarra, que es el estuario de Urdaibai -Reserva de la Biosfera (UNESCO 1984)-, de 220 kilómetros cuadrados, y allá que nos vamos en dos jornadas, demasiado cortas para lo mucho que hay que ver y contemplar.

Las dos tardes veroñales de septiembre ya son un pungente estímulo para subir hasta el cabo Matxitxako -el Machichaco de nuestra escuela nacional- a fin de dominar desde el mirador más alto la honda y larga ensenada de Urdaibai. Desde allí bajamos por la carretera de la costa hasta mi querido Bermeo, donde veo con nostalgia el rompeolas, el ajetreado puerto, las torres de Santa Eufemia y San Pedro, los altos del Sollube y Katilotxu… El mapa turístico me apunta el claustro de san Francisco, a donde iba cada día con mis primos. Y mirando unas veces a la legendaria isla de Izaro y a los barquitos del Cantábrico, intentamos entrar y parar en Mundaka, que da nombre a la ría, que también puede llamarse bahía, abra o rada de la Reserva.  Cosa que nos resulta imposible por la cantidad de coches, estrechez de las calles de esta vieja y apretada villa marinera y las estrictas señales de circulación.

Mejor suerte tenemos en la antigua anteiglesia de Sukarrieta -en castellano, Pedernales: piedras de fuego-, de solo 360 habitantes, en torno al templo de San Andrés, en la comarca de Busturialdea, en medio de este corredor de agua y tierra, del encuentro del río Oka u Oca -¿nombre celta?- con su salida natural, el ancho mar Cantábrico, denominación casera y parcial del inmenso océano Atlántico, el más joven de los océanos, custodiado por el titán Atlas y surcado temerariamente por los atlantes del norte de África y por los no menos temerarios del norte de Hispania. Cuando bajamos hacia la orilla del abra, me asomo al viejo camposanto rectangular, sombreado por una espesa arboleda exterior, en cuyo centro reposan los restos del piadoso Sabino Arana Goiri, que aqui casó y murió, al que yo también le recito, reverente, su Goian bego.

Desde el mirador de la ribera vemos muy cerca de nosotros el Instituto Vasco de Estudios Oceanográficos, en el cabo de una pequeña isla boscosa que nos sorprende. Volvemos a subir y por un breve puente llegamos hasta el extremo sur de la misma, que lleva el nombre de Txatxarramendi o Montenegro, cerca de donde dicen que hay restos del puerto romano de cabotaje del siglo II d. C. Lo cierto es que la ensenada se llama Portuondo: junto al puerto. A la entrada del parque, que puebla casi toda la isla, hay una niña vestida de primera comunión, a la que sacan fotos mil sus padres o los que sean. Cuando salgamos, todavía seguirán  con el rollo, nunca mejor dicho. Unos cuantos jóvenes, en traje de baño o ropa ligera, están tumbados sobre un cerco de piedras al sol de occidente.

Damos media vuelta al parque, uno de los bosques de encinas y madroños  más viejo de la Reserva, completado por un jardín botánico creado el año 2000 por la Diputación de Vizcaya. Desde este balcón isleño divisamos el estuario  de norte a sur, las playas de la costa opuesta y las elegantes casas jardines de Sukarrieta, frente a las que va y viene el tren de vía estrecha de la costa. Pero no vemos ni garzas reales, ni cormoranes, ni águilas culebreras, que suelen verse fácilmente por estos lares; sólo algún ingenuo petirrojo. Luego leeremos que este punto fue uno de los destinos más populares de veraneo, promovido por el hotel balneario (1896) del empresario vizcaíno Juan Tomás Gandarias, entonces propietario de la isla, donde  descansaron personajes como Arana y su antagonista ulterior Indalecio Prieto. El hotel se cerró en 1947 y en sus instalaciones se ha ubicado el mencionado Instituto Oceanográfico.

Al pasar por Busturia, otra antigua anteiglesia, hoy municipio con siete barrios y 1660 habitantes, no vemos la señal de la cercana necrópolis romana de Tribisburu, pero, tras pasar Murueta -otro típico topónimo romano-, con su  tejera y su embarcadero ya en pleno río Oca, nos paramos en Forua, nombre escandalosamente romano, con el nominal sufijo vasco. Y allí, por un pequeño carretil, que atraviesa por la mitad la suave ladera de las ruinas, contemplamos, a un lado y otro, los restos oscuros y a ras de tierra de lo que fue el mercado romano: forum. Sí, aqui también estuvieron los romanos, como lo prueban estas excavaciones y la necrópolis mencionada.

Por todo el espacio vizcaíno de la Reserva -prados, bosques, colinas, caseríos, barrios, núcleos de población…-, ¡qué luz esplendorosa de orden, limpieza, belleza y bienestar…!

Un político perfecto

 

         Oigo al presidente en funciones, Pedro Sánchez, en plena pre-campaña electoral prometer una importante subida de las pensiones, el reparto de dinero a las Comunidades Autónomas o la rebaja del número de peonadas en Andalucía y Extremadura…, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, ni siquiera al Pacto de Toledo; sin recordar lo que hizo su partido hace muy poco tiempo; sin contar con los demàs partidos, de los que también depende el cumplimiento de esas promesas; sin cuantificación económica alguna; sin tener en cuenta la inmensa deuda nacional y la crisis que se nos avecina, según todos los augures y no sólo los de la oposición.

Y leo unas declaraciones del académico Pèrez Reverte, que siempre ha admirado, como buen hombre de acción, la aventura política de nuestro presidente de Gobierno en funciones:

Es un político perfecto, en el sentido renacentista de la palabra. Sánchez no tiene escrúpulos; sabe perfectamente que los españoles no tienen memoria y miente sin ningún complejo.

Palabras que me recuerdan, con un poco más de desenfado, aquel célebre y no lejano séptimo editorial (contra P. Sánchez) de El País, dirigido por Antonio Caño, en cuyo comité de Redacción estaba el fenecido ex secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba.

Últimos aforismos

 

En la batalla de los hombres de Judas Macabeo contra Lisias,  general del impío Antíoco Epífanes, cerca de Jerusalén, apareció poniéndose cerca de ellos un jinete vestido de blanco, blandiendo armas de oro (2 M, 11,18). Dios no puede menos de enviar, en trances semejantes, un jinete vestido de blanco, se llame Santiago o no.

Desde que murió el lego del lago de Lugo, ya hay en España más lagos que legos.

El traspiés es la zancadilla o tropezón con las dos piermas y los dos pies.

El buen conservador cultiva y defiende los valores que han probado su eficacia y eficiencia para el hombre y la sociedad. Como heredero de los mismos, se siente plenamente responsable de todos ellos.

Sexismo extremo

 

         El sexismo extremo prohíbe cualquier reconocimiento de la diferencia entre sexos: verdadera estafa erigida sobre el modelo de la palaba racismo y como apariencia análoga.

A Simone de Beauvoir, autora  de Le Deuxiéme Sexe y de la frase famosa, lema de todo un movimiento, No se nace mujer; se llega a serlo, podríamos preguntarle: ¿Y se puede llegar a serlo, sin serlo?

Frías y Oña

 

         Vuelvo a Frías y a Oña. Esta vez pasamos por tierras de Valdegovía y no podemos, por un percance de quien iba a ser nuestro guía, detenernos en el monasterio histórico de Valpuesta. Pero entramos contentos en la comarca de Las Merindades: valles labrados, colinas boscosas y  vastos páramos. Seguimos un rato, a contracorriente, el antiguo y seguro curso del Ebro, que horadó hondamente la caliza y modeló unos dramáticos cañones peñascosos, pasando por el embalse de Sobrón (1961), que se solaza entre Euzkadi y Castilla, entre Álava y Burgos, entre los montes Obarenes y la sierra de Árcena, creando nuevos paisajes verdi azules que un sol septembrino se encarga de dorar y decorar. Si no fuera porque sospechamos que el nombre se debe al pueblecito alavés más cercano, haríamos risas con un nombre tan inadecuado, tan fatídico para un pantano.

Ya está ahí, en medio del vasto valle de Tobalina, la roca fuerte, la atalaya, el farallón,  el acantilado, el  torreón, la muela –La Muela-, el castillón de Frías…, siglos XIII-XVI. Un buque insignia de toba, murallas y torres navegando por el el mar abierto de la historia de Castilla y de España. Desde que en el año 1011 el conde castellano Sancho y  su mujer Urraca obtenían para sí la villa de Oña a cambio de varias propiedades, como Frías, y sobre todo desde que ésta, con rango de «civitas» recibía de Alfonso VIII,  en 1202, el Fuero de Logroño, entre el castillo y la iglesia de San Vicente fue creciendo sobre el alto otero rocoso un poblado de estrechas calles y pequeñas plazas, que albergó una población de comerciantes y artesanos y una notable comunidad judía. Primero, en torno de la fortaleza, y después debajo de ella. Tras conceder a Frías el nuevo título de «ciudad» en 1435, el rey Juan II se la donó a Pedro Fernández de Velasco, primer conde de Haro y condestable de Castilla. A pesar de una larga y tenaz resistencia de los paisanos, que ha pasado al folclore local, Frías pasó al señorío de los Velasco, con título de ducado en 1492.

Al pie del Paseo de Ronda nos agregamos a un grupo turístico de una Asociación de Pamplona y  recorremos toda la calle, mayor y casi única de la ciudad alta, abarrotada de visitantes, que nos lleva hasta el otro extremo, donde se planta la iglesia.  A uno y otro lado de la calle-pasillo, se arraciman, en prieta hilera, bien bajo la roca cimera, bien sobre el rocoso talud, las casas de planta baja y dos o tres alturas, solana, y sótanos excavados en el suelo; hechas muchas de ellas de adobe, entramado de madera y toba. Éstas últimas cuelgan del alto roquedo en línea vertical, que es cosa de ver. Al final del recorrido nos espera la iglesia de san Vicente, donde nos entretiene durante un buen rato un joven guía local, que todo lo sabe. Construida en el siglo XIII, en función defensiva asociada al castillo, es un pequeño tesoro arquitectónico, escultórico y pictórico de todos los estilos. Hundida la torre almenada y parte del templo en 1906, se vendió su pórtico románico, que ahora luce en Nueva York. Nos dicen que el municipio de Frías, con tres núcleos de población, tiene poco más de dos centenares y medio de habitantes.

Damos una vuelta por el exterior de la iglesia, excelente mirador al norte y al sur, para ver, por un lado, el hondo camposanto, y, por el otro, el pueblo bajo, con dos filas rectilíneas de calles con casas color teja, que desde aqui parecen procesionarias inmóviles, en derredor del cerro, desde la vieja judería hasta  el convento de Santa María de Vadillo, pasando por la iglesita de san Vitores.

Al salir del pueblo, pateamos el puente medieval, de color de sol y siglos, de 143 metros de largo y nueve ojos, fortificado con una torreta central almenada, levantada en el siglo XIV para controlar el paso de la vía comercial que unía la meseta y la costa cantábrica y cobrar el impuesto de portazgo. El Ebro baja hoy corto y manso, débil de sequía y calorazos continuos.

Entramos en la comarca de La Bureba (¿del dios Vorubio?), embrión del condado de Castilla, y llegamos a tiempo de comer en un  mesón nutricio y barato de Oña. Después damos un breve paseo por el comienzo de los jardines benedictinos, llamado «el emparrado», donde las uvas blancas y negras aún no están maduras. Luego nos dirán unos paisanos, que conocen Navarra y con los que pegamos la hebra en la plaza, que venir a Oña y no ver los jardines es como ir a Pamplona y no ver la calle Estafeta…

Ya en ocasión anterior describí la villa, capital de municipio, con 14 pequeños núcleos próximos de población y dos millares de habitantes. Tanto en la oficina turística como en la recepción de la iglesia del monasterio quedamos admirados de lo mucho que saben sobre el siglo XI, sobre Castilla y sobre Navarra estos funcionarios de Oña, con los que mi amigo Luis, autor de libros sobre nuestros reyes, entre ellos Sancho III, estaría hablando hasta ahora, si yo le dejara.

La última vez que vi la iglesia de San Salvador fue como sede de la exposición de las Edades del Hombre. Pero esta vez vuelvo a verla limpia y neta cual es: una verdadera joya de arte y devoción: la talla románica del Cristo de Santa Tigridia; las pinturas góticas; la bóveda del XV; los retablos desde el XV al XVIII; el retablo barroco del altar principal; el panteón real, donde están nuestro Sancho III el Mayor y su esposa doña Munia; el panteón condal; el claustro gótico flamígero de los caballeros… Con la ayuda de audioguías, dentro de un silencio sagrado, nos pasamos un largo tiempo de contemplación y gozo, que no tienen parigual.

Ya es tarde para seguir hasta Poza de la Sal.

Las mujeres se relajan y cantan

 

       Cuenta una de las muchas artistas líricas acosadas por el tenor galante y director de Ópera, Plácido Domingo, que éste, en uno de sus acosos amorosos, le contó una superstición, según la cual tenía que acostarse con una mujer antes de cada espectaculo. Para relajarse, claro, para estar  más plácido: Cantaré mejor y será gracias a tí.

Algunas de esas mujeres se han ido relajando en estos últimos tiempos y van cantando de lo lindo. Gracias a Plácido Domingo.

La excusa permanente

 

      La portavoz del PSC en el Parlamento catalán, a la hora de oponerse a la moción de censura contra el presidenrte Torra, presentada por CIUDADANOS, ha vuelto a repetir el famoso binomio, que siempre hace imposible ya una aprobación clara, ya un claro rechazo: el presidente Torra es un problema y CIUDADANOS  no es la solución.

Es el binomio de la ambigüedad, atribuido históricamente al PNV: ni ETA ni España; ni el terrorismo ni la legislación antiterrorista o la extradiciones; ni la huelga general ni el centralismo de la política española… Era el binomio que también se le achacaba siempre al obispo Setién en cada una de sus declaraciones: condena de la violencia y, al mismo tiempo, de la  tortura policial; rechazo del odio de unos y de la política penitenciaria de otros… Y así siempre. En esa continua ambi-güedad, en ese rebuscado equilibrio, que mantienen siempre los que juegan a dos barajas; los que no quieren aparecer nunca como partidarios de un solo bando, sino aprovecharse o distanciarse de los dos; los que quieren huir siempre de cualquier arriessgado compromiso que los defina, los perturbe o los desbanque; los que no quieren perder prenda…

Los tibios de cualquier causa, menos de su interés particular y exclusivo o de su posición privilegiada. Comodines acomodaticios de su comodidad. Medianías, dispuestos en el mejor de los casos para mediadores, peero incapaces de remediar nada.