Llegamos esta vez a la anteiglesia (de Santiago), hoy municipio de Kortézubi, en la misma comarca de Busturialdea, con seis barrios y casi medio millar de habitantes, a la vera del río Oca, de 17 kilómetros de recorrido desde su nacimiento en Zugastieta por la confluencia de los arroyos provenientes de los pequeños montes de Goroño, Bizkargi y Arburu y el más alto de Oiz (1035 m), a los que se suman varios más en su curso posterior y directamente en el estuario. Buscamos el barrio de Basondo, donde se encuentra la famosa cueva de Santimamiñe. El nombre es un cariñoso diminutivo del martir capadocio del siglo III, traído por el Camino de Santiago, San Mamés, que en el camino de la cueva, en la parte baja del monte Ereñozar (448 m), tiene dedicada una diminuta ermita de piedra, del siglo XVI. La cima está coronada por la muy antigua ermita de san Miguel, aureolada con mil leyendas.
En Basondo hay un refugio de fauna silvestre y está el célebre bosque encantado de Oma, con las pinturas arboladas del artista vasco Agustín Ibarrola, que fueron un día semidestruidas por el furor nacionalista terrorista, y que encontramos cerrado. Yantamos en un precioso espacio ajardinado y ornado con muestras paleolíticas, donde no falta una alegre cascada, y a las tres en punto subimos al rellano de la ermita, donde se yergue un monumento de granito al antropólogo y paleontólogo, José Miguel Barandiarán, quien junto a otros colegas investigadores, como el francés abbé Breuil y los locales Eguren y Aranzadi fueron los primeros en estudiar científicamente la cueva. La habían descubierto al azar en 1916, jugando al escondite, unos niños del pueblo, y Jesús Guridi, el compositor vasco, que estaba entonces en el balneario próximo, fue uno de los primeros en admirar las pinturas primitivas en la espelunca.
En la ermita de San Mamés, que conserva algunos de los bultos devocionales y no ha perdido del todo su carácter sacro, se ha puesto en marcha el proyecto cultural Santimamiñe, un paisaje milenario, en el cual se lleva a cabo un acceso virtual en 3D. La docena de visitantes que somos hoy, mediante unas gafas especiales, y dirigidos por un joven guía, nos adentramos en un paseo vertiginoso por la cueva, de 365 metros de longitud, gracias al escaneo previo y toma de fotografías digitales de alta definición en tres dimensiones. El guía nos deja ver, además, con una serie de muestras guardadas en unas vitrinas, los principales utensilios hogareños y de caza. que se encontraron en las excavaciones. Y asi podemos ver aqui lo que ya en la cueva, muy deteriorada en todos los sentidos, y cerrada en su mayor parte desde 2007, ya no se puede ver: 32 bisontes, 7 cápridos, 6 caballos, un ciervo y un oso, diseñados por medio del carbón. El nivel relevante es el Magdaleniense, del que forman parte los grabados y las pinturas. Dentro de ella se han encontrado objetos desde el Paleolítico superior hasta la época romana.
La cueva de Santimamiñe forma parte desde 2007 del Patrimonio Cultural de la Humanidad, dentro del conjunto del arte rupestre hispano-francés de Asturias, Cantabria, Euskadi y Aquitania, con las dos grandes cuevas de Altamira y Lascaux como prototipos.
No tenemos mucho tiempo, pero echamos un vistazo al fantástico (y carísimo) Urdaibai Bird Center (2012), frente a las marismas de Gauteguiz de Arteaga, instalado en un antiguo pabellón industrial, rediseñado para su integración en el paisaje del entorno y gestionado por la Sociedad de Ciencias Aranzadi: mirador de la Reserva, observatorio de aves, estación meteorológica, centro de investigación y divulgación sobre las migraciones de los pájaros en Europa y África , museo…
Nos vamos hasta el barrio de Ozollomendi para ver de cerca el extravagante castillo de Arteaga, palacio neomedieval, torreón neogótico a modo del torre del homenaje, inspirado en la arquitectura gótica francesa, levantado sobre los cimientos de una antigua torre medieval de los Arteaga. A mediados del XIX, la propietaria de la vieja casa-torre, venida a menos, la condesa de Teba, estaba emparentada con los Montijo y los Alba. María Eugenia de Guzman y Portocarrero, era una de las herederas del palacio. Conocida como María Eugenia de Montijo y casada con el emperador Bonaparte III, tuvieron un hijo que se llamó Eugenio Luis de Juan José Bonaparte. A las Juntas de Vizcaya de aquel tiempo no se les ocurrió regalo mejor que nombrar al heredero del Imperio francés bizcaino originario (1856). Lo que hizo que los emperadores, agradecidos, enviaran los arquitectos de la corte imperial para que diseñasen los planos del nuevo edificio, pero sin que nunca vivieran en él. Tras pasar el castillo a los Alba, hoy es el hotel restaurante Castillo de Arteaga Relais & Chateau.
Seguimos por la carretera de la costa, cerca de las bonitas y recogidas playas de Kanala, Laida, Antzoras o Laga, abiertas entre los acantilados, y contemplando en la bocana de la ría, las vegas fluviales de los ríos Oca y Golako, los bancos de arena, las dunas, los barcos de recreo… Dejamos a un lado el cabo de Ogoño y por Elantxobe e Ibarrangelu seguimos hasta Lekeitio, villa conocida y recorrida más de una vez. Nos refrescamos cerca de su segunda playa y desde su privilegiado paseo contemplamos la vieja villa pesquera, hoy excesivamente recrecida a sus espaldas. Y sobre todo el mar, el casi infinito mar, que a estas horas también parece atardecerse, como el cielo, con un suave aletear de olas, cabalgadas allí lejos por un grupo de surfistas, y con un color lánguido, cada minuto más lento, más desteñido, más preocupante.