Nos quedaba por ver la más hermosa de las Reservas naturales de Euzkadi y de Navarra, que es el estuario de Urdaibai -Reserva de la Biosfera (UNESCO 1984)-, de 220 kilómetros cuadrados, y allá que nos vamos en dos jornadas, demasiado cortas para lo mucho que hay que ver y contemplar.
Las dos tardes veroñales de septiembre ya son un pungente estímulo para subir hasta el cabo Matxitxako -el Machichaco de nuestra escuela nacional- a fin de dominar desde el mirador más alto la honda y larga ensenada de Urdaibai. Desde allí bajamos por la carretera de la costa hasta mi querido Bermeo, donde veo con nostalgia el rompeolas, el ajetreado puerto, las torres de Santa Eufemia y San Pedro, los altos del Sollube y Katilotxu… El mapa turístico me apunta el claustro de san Francisco, a donde iba cada día con mis primos. Y mirando unas veces a la legendaria isla de Izaro y a los barquitos del Cantábrico, intentamos entrar y parar en Mundaka, que da nombre a la ría, que también puede llamarse bahía, abra o rada de la Reserva. Cosa que nos resulta imposible por la cantidad de coches, estrechez de las calles de esta vieja y apretada villa marinera y las estrictas señales de circulación.
Mejor suerte tenemos en la antigua anteiglesia de Sukarrieta -en castellano, Pedernales: piedras de fuego-, de solo 360 habitantes, en torno al templo de San Andrés, en la comarca de Busturialdea, en medio de este corredor de agua y tierra, del encuentro del río Oka u Oca -¿nombre celta?- con su salida natural, el ancho mar Cantábrico, denominación casera y parcial del inmenso océano Atlántico, el más joven de los océanos, custodiado por el titán Atlas y surcado temerariamente por los atlantes del norte de África y por los no menos temerarios del norte de Hispania. Cuando bajamos hacia la orilla del abra, me asomo al viejo camposanto rectangular, sombreado por una espesa arboleda exterior, en cuyo centro reposan los restos del piadoso Sabino Arana Goiri, que aqui casó y murió, al que yo también le recito, reverente, su Goian bego.
Desde el mirador de la ribera vemos muy cerca de nosotros el Instituto Vasco de Estudios Oceanográficos, en el cabo de una pequeña isla boscosa que nos sorprende. Volvemos a subir y por un breve puente llegamos hasta el extremo sur de la misma, que lleva el nombre de Txatxarramendi o Montenegro, cerca de donde dicen que hay restos del puerto romano de cabotaje del siglo II d. C. Lo cierto es que la ensenada se llama Portuondo: junto al puerto. A la entrada del parque, que puebla casi toda la isla, hay una niña vestida de primera comunión, a la que sacan fotos mil sus padres o los que sean. Cuando salgamos, todavía seguirán con el rollo, nunca mejor dicho. Unos cuantos jóvenes, en traje de baño o ropa ligera, están tumbados sobre un cerco de piedras al sol de occidente.
Damos media vuelta al parque, uno de los bosques de encinas y madroños más viejo de la Reserva, completado por un jardín botánico creado el año 2000 por la Diputación de Vizcaya. Desde este balcón isleño divisamos el estuario de norte a sur, las playas de la costa opuesta y las elegantes casas jardines de Sukarrieta, frente a las que va y viene el tren de vía estrecha de la costa. Pero no vemos ni garzas reales, ni cormoranes, ni águilas culebreras, que suelen verse fácilmente por estos lares; sólo algún ingenuo petirrojo. Luego leeremos que este punto fue uno de los destinos más populares de veraneo, promovido por el hotel balneario (1896) del empresario vizcaíno Juan Tomás Gandarias, entonces propietario de la isla, donde descansaron personajes como Arana y su antagonista ulterior Indalecio Prieto. El hotel se cerró en 1947 y en sus instalaciones se ha ubicado el mencionado Instituto Oceanográfico.
Al pasar por Busturia, otra antigua anteiglesia, hoy municipio con siete barrios y 1660 habitantes, no vemos la señal de la cercana necrópolis romana de Tribisburu, pero, tras pasar Murueta -otro típico topónimo romano-, con su tejera y su embarcadero ya en pleno río Oca, nos paramos en Forua, nombre escandalosamente romano, con el nominal sufijo vasco. Y allí, por un pequeño carretil, que atraviesa por la mitad la suave ladera de las ruinas, contemplamos, a un lado y otro, los restos oscuros y a ras de tierra de lo que fue el mercado romano: forum. Sí, aqui también estuvieron los romanos, como lo prueban estas excavaciones y la necrópolis mencionada.
Por todo el espacio vizcaíno de la Reserva -prados, bosques, colinas, caseríos, barrios, núcleos de población…-, ¡qué luz esplendorosa de orden, limpieza, belleza y bienestar…!