Anda estos días el papa León XIV, en pleno Jubileo, canonizando nuevos santos, la mayoría de cuyos procesos se los dejó su antecesor el papa Francisco. Juan Pablo II llenó de santos y beatos la Iglesia, y sus sucesores, aunque en menos medida, le han seguido la costumbre.
Cada día más, teólogos, pastoralistas y aun curiosos del Vaticano y de la historia de los papas se preguntan sobre la infalibilidad de las canonizaciones, viejo tema que viene de lejos. Santo Tomás de Aquino fu un firme defensor de la infalibilidad de las mismas, que, según él, gozan de una asistencia especial del Espíritu Santo y no pueden ser erróneas. Permitir que se rinda culto universal a alguien indigno sería un grave error que podría llevara los fieles a la idolatría o a la confusión en la fe.
Sin embargo, el cardenal y teólogo dominico renacentista Tommaso de Vio, conocido por Cayetano, y tenido como el mejor comentarista y sucesor de Santo Tomás, no las tenía todas consigo con la infalibilidad de las canonizaciones, sin llegar a negarla, cosa que sí lo hizo otro dominico español, el teólogo vallisoletano y cardenal Juan de Torquemada (1386-1468), tío del famoso inquisidor. Grandes teólogos de Trento y dominicos de la Escuela de Salamanca, como Melchor Cano o Domingo Báñez, negaron la infalibilidad de las canonizaciones, porque no tocaban directamente el depósito de la fe ni la moral revelada, sino que eran actos más bien prudenciales de la autoridad eclesiástica.
Pero fue el papa Benedicto XIV (1740-1758), el boloñés Próspero Lambertini, teólogo y jurista, ilustrado y polímata, revitalizador del tomismo, autor, entre otras muchas obras, de un monumental tratado sobre canonizaciones, quien sostuvo la misma doctrina del Aquinate y fue su opinión la que se impuso en la Iglesia hasta el siglo XX.