Ahora, hace un año, fallecía en su Perú natal el teólogo Gustavo Gutiérrez (1928). La historia de la teología contemporánea está marcada por la doctrina de este sacerdote peruano, que al final de su vida, ingresó en la orden dominica. Pocos como él supieron considerar unitariamente, partiendo de los preferidos de Jesús -los parias y crucificados de todos los tiempos- la salvación y la liberación, Dios y la historia, ortodoxia y ortopraxis, vida y muerte, contemplación y subversión, iniciativa divina y libertad humana, justicia y gratitud.
Pocos también como él fueron sometidos a tantas y tan graves sospechas sobre la calidad y ortodoxia de sus escritos, sobre todo durante el pontificado de Juan Pablo II, de que la suya era una aportación infectada de marxismo, materialismo y anticristianismo, disparate que él siempre negó certeramente. Siempre negó también que su teología hubiera querido ser un constantinismo de izquierda, utilizando ideológicamente la fe, y subrayando a la vez la importancia de emplear la mediación socio-analítica en el quehacer teológico, más allá de filias y fobias marxistas.
Así, por ejemplo, Gutiérrez englobó la lucha de clases en un marco mucho más amplio, el del conflicto social, bien interpretado por las ciencia sociales y modificándolo, cuando sea necesario, por la visión cristiana de la vida. Lo que quiere decir que no hay por qué proclamar o tener que admitir que la lucha de clases sea el motor de la historia, o aceptar el odio como el mecanismo dinamizador de las masas, o renunciar a la ley del amor universal.
Más bien significa proponer y defender, en este punto capital y en otros, un proyecto de liberación integral, es decir, estructural: económico y político, pero también antropológico, cultural, teológico y espiritual.