Transcribo con emoción muy triste parte del mensaje que me envía un amigo, después de leer una de las entradas recientes de este cuaderno: «Bien sabes que somos padres de un precioso niño de cinco años. Es un nuestro cielo en la tierra. Pues, no conformes con uno solo, decidimos aumentar la familia. Pero en esta ocasión mi mujer ha sufrido tres abortos en trece meses. El último terrible, brutal, incluso con riesgo serio para ella. Permaneció ingresada una semana en el intento de salvar el embarazo. No fue posible. Estaba de más de 14 semanas. En el transcurso de esas semanas vimos a quien después no llegó a ser nuestro hijo. Vimos mover sus piernas, sus brazos. Todo iba bien. Todo. Hasta que la naturaleza o yo qué sé qué dijo que ya no debía continuar. Qué injusto es todo esto. Hay personas que luchan por el «derecho» a abortar, y otros no podemos hacer nada por evitarlo. Todavía mi mente se resiste a olvidar las imágenes de aquel niño de 14 semanas que se movía en el vientre de su madre pareciendo saludar a sus futuros padres. Además de lo físico, lo anímico es horrible. Desde entonces mi mujer está rota. Le está costando mucho. Y a mí también«.