Entre las nuevas invectivas anticlericales y antieclesiales, por desgracia frecuentes también en tierras anglosajonas, han recorrido el mundo unas declaraciones del cantante inglés Elton John, hechas hace unos meses a una revista muy conocida: «Yo prohibiría terminantemente la religión: convierte a las personas en ratas odiosas, y no es precisamente compasiva«. No sé si esta manera de pensar es en él reciente o viene de lejos. Si fuera esto último, no sé cómo no aprovechó el popular cantante, para decir cosas como ésas, el funeral de la princesa Diana de Gales en la catedral de Canterbury, al que fue invitado como cantante lírico por la reina Isabel II, cabeza de la Iglesia de Inglaterra Gales, y por su hijo Carlos, heredero de todas las prerrogativas reales. O cómo se aprovechó él mismo de la religión, en acto tan solemne, para contribuir, poco o mucho, a convertir a la gente en ratas odiosas. De todos modos, al querer prohibir toda religión, lo que parece seguirse de sus palabras, no sé tampoco si ha pensado bien a cuántos millones de personas dedicadas a tiempo completo o parcial a tareas compasivas y eficaces en todo el mundo llegaría su implacable prohibición. Él, tan dado a condenar todo tipo de prohibiciones. Él, tan compasivo con todos, incluso con los que no ganan tantos millones de libras y dólares como él.