En el día reservado por la Casa de Cantabria en Navarra para el pregón navideño, hablé anteayer sobre el doble y primordial mensaje de Navidad: la alegría por el nacimiento de Jesús, el Salvador, el rey eterno, el Hijo del Altísimo e Hijo de Dios, en contraposición con el que entonces se decía exclusivamente el Salvador del mundo, el rey de reyes, el Hijo del Altísimo e Hijo de Dios, que era el emperador de Roma, el mayor poder de la Tierra. Jesús, el único Salvador, nos trae la única y verdadera paz, muy superior a la pax romana, que trae el imperio romano por medio de las armas y de las victorias guerreras.
La segunda parte de mi pregón fue un ramillete de villancicos, compuestos durante 75 años: unos tradicionales, otros críticos, algunos bíblicos, y los últimos humorísticos, enlazando tradición, crítica e historia bíblica, realismo, ternura y humor.
Qué asignatura pendiente tenemos en ciertos países de cristiandad para hacer llegar a todos los fieles el verdadero sentido bíblico de la Navidad, superando todas las ignorancias seculares, todas las inercias, todos las cansinas y estériles repeticiones sobre los dos Evangelios de la Infancia, dos joyas no solo teológicas, sino también de la literatura mundial…
Un pregón, si quiere ser sensato, no puede hacer sino apuntar a lo esencial y, a lo sumo, dejar en el aire un poco de luz y un poco de la realidad, envuelta en parábolas, que nos legaron, al final del siglo I, los evangelistas Mateo y Lucas.