Algunos lo llaman así, despectivos. Otros miran, torvos, la popular alegría contagiosa de cientos de miles, de millones de españoles entusiasmados con su selección, a la hora del partido, antes y después, en aldeas y ciudades, en calles y plazas, bares y casas particulares. Qué error de perspectiva. Hace no demasiados años, y desde hace siglos hasta hace bien poco, millones de españoles se entusiasmaban con los colores nacionales o con los los colores partidistas durante guerras sin fin, en cada una de las batallas, en cada uno de los avances, en cada una de las victorias de los amigos contra los enemigos, de fuera o de dentro. Qué bien que hayamos cambiado tanto. Qué bien que nadie se entusiasme -excepto una banda de bandidos, ignominia de Europa- con la muerte y la destrucción de nada ni de nadie.