Vi y oí el diálogo entre Kristian Berg Harpviken, director del Instituto Nobel Noruego, que despertó de madrugada a nuestra heroína venezolana para anunciarle la concesión del premio.
No olvidaré aquel inicial Dios mío, Dios mío emocionado de la agraciada, antes de decir que no lo merecía. Porque, como declaró después, lo aceptó en nombre del pueblo de Venezuela, que ha seguido luchando por su libertad con admirable coraje, dignidad, inteligencia y amor. En las muchas entrevistas que mantuvo con periódicos españoles, me parecieron elegantísimas sus respuestas sobre los que no la habían felicitado, e incluso sobre quien, como el esperpéntico Pablo Iglesias Turrión, la comparó con Trump y hasta con Hitler.
Esta vez el Premio Nobel de la Paz es un premio a la esperanza del pueblo venezolano. Un aviso serio al régimen comunista y populista, corrupto y corruptor, criminal organizado de Nicolás Maduro. Y un ejercicio de justicia inmanente universal que vuela muy por encima de todas las injusticias cometidas por él.