La Comunidad Apostólica (X)

 

(Ver la nota del domingo, 7 de septiembre)

                     La Carta a los Hebreos, de autor desconocido,  hace una relectura del misterio pascual de Cristo desde la institución sacerdotal. Las actitudes radicales que Jesús ha vivido y sigue viviendo como Resucitado son la fidelidad hacia Dios y la solidaridad con los hermanos. Por eso Jesús es sumo y eterno sacerdote fidedigno y compasivo. El cristiano está llamado a hacer suyas estas dos actitudes de Cristo.

La solidaridad tiene implicaciones comunitarias, que el autor de la Carta, judío de cultura helénica, familiarizado con el arte oratorio, preocupado por el peligro de la apostasía, va exponiendo desde el capítulo 12, 14 hasta el 13, 19, los últimos de la epístola, tocando una gran variedad de temas: el amor fraterno; la paz con todos; la ayuda mutua; la hospitalidad; la preocupación por los presos y los que sufren; la lucha contra la avaricia; la vida conyugal limpia; el respeto y la oración por los dirigentes y la obediencia para con ellos…

Siguiendo las palabras y el espíritu de Pablo, de quien parece un fiel discípulo, invita a los miembros de la comunidad a  imitar la  fe de sus guías  y a obedecer y someterse a ellos, pues velan sobre sus almas como quienes han de dar cuenta de ellas,  para que lo hagan con alegría y no lamentándose, cosa que no os traería ventaja alguna. Y pide encarecidamente que rueguen por ellos, que están seguros de tener limpia la conciencia, deseosos de proceder en todo con rectitud.

No existe comunidad apostólica sin ministerio de animación comunitaria, que continúa el ministerio de los apóstoles. Pues, en la medida que se respeta y se facilita ese ministerio de los dirigentes, que deben ser modelo de vida y de fe, se construye  plenamente la comunidad.