La sentencia Lautsi de la Sección Segunda del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, compuesta por cinco profesores y dos magistrados, con sede en Estrasburgo ,contra la presencia de los crucifijos en las escuelas de Italia, a petición de una madre finlandesa no católica, casada con un italiano, fue recibida con indignación tanto por parte de la derecha como de la izquierda y con el decidido propósito de no cumplirla. El diario más prestigioso del país, Il Corriere della sera, ha mantenido muchos días en sus páginas digitales el artículo de su colaborador, Claudio Magris, todo un santón de la izquierda italiana, escrito el 9 del mes pasado y titulado Il crocifisso, simbolo de sofferenca che non puo offendere nessuno. Magris tendría mucho que decir sobre la historia y la actualidad de la Iglesia en Italia y se teme, cauto, el provecho que pueden sacar de esta sentencia los peores clericalismos y, no digamos, el gobierno de Berlusconi, en su falsa veste de defensor de la fe y de los valores tradicionales. Pero todo eso no quita lo primordial, que es la figura del crucifijo: Aquella figura representa para algunos lo que representaba para Dostoyevsky, el hijo de Dios muerto por los hombres; como tal no ofende a ninguno, con tal que obviamente no se quiera inculcar a la fuerza o arteramente esta fe a quien no la condivide. Para otros, para muchos, pontencialmente para todos, representa lo que representaba para Tolstoi o Gandhi, que no creían en su divinidad pero lo consideraban un símbolo, un rostro universal de la humanidad, del sufrimiento y de la caridad que la rescata. Un discurso análogo, naturalmente vale para otros rostros universales de la condición humana, Buda por ejemplo, cuyo discurso de Benarés habla también a quien no profesa su doctrina y está arraigado en las tradiciones de otras civilizaciones, como el cristianismo en la nuestra. (…) Aquel hombre en cruz que pronunció el discurso revoluciconario de las Bienavanturanzas no puede ser cancelado de la conciencia, ni siquiera de la de aquél que no cree en él como hijo de Dios.
