Dos claretianos españoles, una de las Congregaciones que más sufrieron la persecución religiosa en tiempos de la guerra civil, analizan también la evolución del cristianismo español. Antonio Bellella, director de del Instituto Teológico de Vida Religiosa. (ITUR) afirma que los religiosos no ignoran lo que fue la Dictadura o la Transición ni la trascendencia de la Democracia. Tampoco cree que entre los religiosos tengan nostalgia de aquel tiempo pero sí la tentación de buscar referencias en un período que nunca volverá: El recurso perezoso a las supuestas viejas glorias y el ánimo restauracionista, presente en ciertos grupos y personalidades eclesiales, ofusca la lectura correcta de la realidad eclesial actual y compromete su relación con la sociedad. Y recalca el daño que todavía hace hoy a la Iglesia española la persistencia del integrismo décimonónico con su identificación acrítica de patria y fe católica. El franquismo se apoyó en esta identificación, y me pregunto en qué medida sigue presente.
Bellella se pregunta por qué en 40 años de dictadura no se logró crear una laicado responsable y bien formado capaz de proponer una presencia cristiana madura también políticamente. Y por qué los religiosos, que tuvieron amplios recursos del sistema educativo no lograron formar a cristianos más conscientes de su fe y sanamente críticos, bien preparados para una sociedad plural. ¿Acaso la Iglesia pensó seguir viviendo eternamente en un régimen cristiano, ajena a las demandas sociales y descuidando su conciencia de misión?
Por su parte, el joven claretiano Adrián de Prado, profesor de Historia Antigua y Patrología en Comillas, no cree que la Transición sea un tema que interese mucho a los religiosos que él ha conocido, pero sí, en cambio, el Concilio Vaticano II. Tal vez por miedo a tocar un asunto delicado que puede generar distancias o reabrir heridas, tal vez por un complejo de vergüenza histórica. o sencillamente por indiferencia ante cuestiones de fondo y hasta por la despreocupación por la misma historia como búsqueda de la verdad. que requiere un esfuerzo muy grande.
Lo que sí cree Prado es que aquel espíritu de la reconciliación y de la magnanimidad de la Transición debió de tejerse durante décadas a través de las obras de la fe, protagonizadas por trabajadores, madres, religiosas, curas…, en sus actividades respectivas, para ayudar a restaurar, si no las quiebras del pasado, sí, al menos, las posibilidades de futuro.