Resumamos los 11 pequeños capítulos.
La genuina comunidad apostólica nace tras y desde la Resurrección de Jesús (1), de la que da testimonio por medio de la libertad de palabra y de conducta, sin temor a la mofa, el castigo o la persecución, y mediante las señales del cuidado y curación de los hermanos que la componen, siguiendo el ejemplo del Maestro.
Es una comunidad sacramental (2), porque es el signo público del Resucitado en cada generación, porque donde haya dos o tres reunidos en su nombre, allí está Él, inspirando y santificando su fe, su esperanza y su caridad.
Es la comunidad de la fracción el pan [eucaristía] y de la oración (3) de alabanza e intercesión, asidua y perseverante.
Conocida, respetada y bien vista por todos sobre todo por su unión fraterna (4), verdadero signo positivo para la gente, porque siente con un solo corazón y una sola alma, buscando entre todos la armonía y la paz.
Solidaria (5) por tanto con las necesidades de todos, compartiendo sus bienes y ayudándose a sobrellevar las cargas personales y familiares.
Y hospitalaria (6), dado el carácter de numerosos misioneros del Evangelio, en la acogida, provisión y acompañamiento de los hermanos itinerantes.
El respeto, la corrección fraterna y el perdón (8) no podían faltar en esta comunidad apostólica responsable de sus actos e imitadora de Jesús.
Tampoco el respeto y ayuda a sus propios dirigentes (9) facilitándoles tan delicada tarea animadora y evitando ponerles trabas, contribuyendo así a construir la comunidad.
La perseverancia en la tribulación (10), en fin, no es más que el corolario de todo lo dicho, teniendo en cuenta la persecución por parte de judíos y romanos en los primeros tiempos, con el peligro de huida o de abandono de los fieles. La comunidad apostólica lo vivió con alegría cristiana, movida por la esperanza.