La aporía en el caso Maduro

 

                   Dificultad lógica, callejón sin salida, perplejidad… todo eso quiere decir la palabreja griega: falta de salida, obstáculo que cierra el paso.

  Tenemos, por un lado, la dictadura, la tiranía de Nicolás Maduro en Venezuela, que campaba en el interior por su falta de respetos y por sus dañinas consecuencias en el ámbito internacional. Y, por otra parte, la actuación del presidente Trump, que cautiva en su casa al dictador, mata a cien personas de su entorno, bombardea unas bases militares y se adueña militaramenazadoramente del país. Tanto la tiranía como el hecho de derrocarla o de controlarla particularmente por la fuerza son violaciones del derecho internacional. Cada una de ellas, como acabamos de ver, tiene sus partidarios y sus clamorosos denunciadores.

La aporía desaparecería, si una autoridad internacional se ocupara de estas cosas: castigara a los dictadores y contuviera el brazo de quien quisiera actuar por su cuenta. Pero las cosas no son así. La ONU está atada de pies y manos por el veto de cinco grandes potencias. Las organizaciones continentales tienen todavía menos poder. La Unión Europea no actúa fuera de su ámbito, y su poder  es también muy limitado. ¿Qué hacer?

Hace muchos años, a comienzos de los noventa, con motivo del millón de muertos en Rwanda, defendí con bríos la  moralidad de una intervención militar  humanitaria para evitar, cuando fuera posible, una matanza como aquella. Por ejemplo, que la aviación belga o francesa, dos potencias presentes en la zona, hubieran bombardeado la Radio de las Mil colinas, que daba las órdenes de la matanza de los hutus y similares, e incluso el palacio presidencial. Algunos me pusieron a caldo.

Ya sé que el caso de Venezuela es algo diferente, pero se le parece.

La aporía permanece. Unos se quedan con la violación de derechos humanos de la dictadura y otros con la violación de los mismos por la intervención trumpista.  Podemos rechazar ambas teóricamente, y salvamos nuestra conciencia, pero no solucionamos gran cosa en el mundo de los hechos concretos.

Sabemos bien que, cuando el derecho no se impone, se impone la fuerza. Y la fuerza se mide solo por el más y el menos. Esta vez la fuerza de Trump es mayor que la de Maduro, y la gente se divide en la apreciación de la fuerza moral de una u otra opción,