Eremitorios y necrópolis medievales (I)

 

              Conocimos por vez primera, de cerca, los eremitorios de los siglos VI y siguientes en toda España visitando, hace años, los eremitorios de las Cobas de Laño y Santorkaria -la Capadocia de Treviño-, de los que dejé memoria escrita en este cuaderno de bitácora. Y volvimos, hace unos meses, a visitar otra Capadocia, la cántabra, en Valderrible, el municipio más extenso de la Comunidad autónoma de Cantabria, al sur de la misma. Pero no conocíamos los más cercanos en la  Rioja y en Álava, que solo en la segunda quincena de julio, en la segunda de agosto y primera de septiembre, hemos podido visitar.

Partiendo del barrio alto de San Vicente la Sonsierra, uno de nuestros pueblos predilectos, nos acercamos al último pueblo, Rives de Tereso, bajo los peñascales de la sierra de Toloño, y poco antes de llegar a él, nos desviamos hacia el este, por un sendero arreglado el año 2020 con un suelo de minúsculos cascajos por un paraje donde no hay más que viñas altas y frondosas, cuyas abundantes uvas comienzan a enrojecer. No lejos de aquí estuvo el viejo poblado de Orzales. Entre gayubas, zarzales, aliagas, encinas, jaras y enebros, llegamos al final de los viñedos, donde comienzan los pinares y algunos terrenos baldíos. Al llegar cerca de unas grandes y oscuras rocas areniscas, un indicador de madera distingue Gobate (¿del vasco koba, o puertas –ate- de cueva?) I y Gobate II, N y E, respectivamente. Andamos un poco hacia el sureste y encontramos la estrecha puerta de la cueva que da al oriente, con entalle y muescas en la piedra, seguramente de una puerta desaparecida. De planta rectangular, la cueva alberga  tres sepulturas abiertas en el suelo y dos excavadas parcialmente en las paredes. Está situada en un altozano, sitiado por la maleza, sobre una lengua de tierra de labor. Volvemos al lugar del indicador y, tan solo a unos metros al norte, nos damos con la primera cueva, con medio techo desprendido, mirando al sureste, con seis sepulturas, de ellas tres infantiles y una en la pared del fondo. En la roca exterior, aunque muy desfiguradas, podemos ver tres piletas semicirculares para prensar la uva y tres torcos rectangulares para la recogida del mosto. El agua la recogían del cercano arroyo San Juan, y no faltaban huecos hondos en las rocas para aprovechar la lluvia.

Como se ve, es difícil asociar unas vidas eremíticas, unos lagares, unos camposantos, unas capillas, y tal vez unas viviendas, refugios, almacenes o establos. Estamos hablando de los siglos IX y X, y, sin embargo, todo puede haber sido, en distintos tiempos y de diversos modos, y en relación tal vez plural. Las sepulturas son seguramente de los últimos tiempos, cuando las cuevas ya no eran ni eremitorios, ni lagares, ni capillas, ni viviendas, ni refugios, ni almacenes, ni establos.

Con ese enigma en la mente, volvemos al punto de partida por el mismo sendero cascajoso e intentamos encontrar, más al sur, la antigua ermita de San Martín de Pangua, no lejos de los lagares del mismo nombre. Sabemos que fue recuperada en los años 2009 y 2010. En sus cercanías estaban horadadas 45 tumbas. Subimos por un camino que nos lleva a una viña recién edrada, difícil para caminar, pero después de dar vueltas y vueltas, un mogote atravesado de losas y prieto matorral nos impide llegar a lo que suponemos es el sitio de la emita y de la necrópolis, si es que no nos hemos equivocado totalmente de objetivo. Pero hace tanto calor, que todo lo damos por posible.

Hacia mediados del siglo X no existía en la Sonsierra  poblado alguno de cierta entidad, sino solo solares con permiso de los reyes navarros: pequeñas agrupaciones en torno a un santuario o una ermita, en cuyas proximidades se enterraban en las  rocas a los muertos.