Hoy he estado en la Universidad de Navarra, junto con Pablo Larraz, no habiendo podido venir María Pilar Sáez de Albéniz, para entregar a su Archivo General las cartas de mis padres durante la guerra civil, que, parcialmente, fueron publicadas por estos dos autores, con sonoro éxito de presentación y ventas.
Nos han recibido con todos los honores tanto la rectora de la Universidad, María Iraburu, como el equipo de archiveros y archiveras. En compañía del mismo, hemos visitado el Archivo, muy enriquecido desde el día en que trabajé en él, y después, siempre con la amable compañía de Yolanda Cagigas, directora del Archivo y directora a la vez de la Asociación de Archiveros de Navarra desde 2005, hemos sido invitados a un almuerzo en el restaurante del Museo, donde nos hemos alargado deleitosamente hasta media tarde.
El año pasado entregué mi archivo político y cultural al Archivo Contemporáneo del Gobierno de Navarra, como presidente del Parlamento que fui y senador, miembro de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa y diputado al Parlamento Europeo, con el voto de los navarros. Pero el delicado fajo de cartas de mis padres y otras cartas familiares del tiempo he preferido entregarlas al Archivo General de la Universidad de Navarra, porque conozco desde hace años su excelencia, en el que están depositados otros importantes archivos de militantes carlistas de todos los grados. Por otra parte hubiera sido poco congruente depositarlo en el Archivo Carlista de Estella, que un día califiqué, públicamente, de Archivo anti-carlista, merced a una obligada presentación, de penúltima hora, sobre el carlismo en general.
Dixi et salvavi animam meam, escribían los escritores antiguos al final de sus escrituras. Aquí podría escribir yo: Tradidi et salvavi animam meam (Entregué y salvé mi alma, es decir, cumplí con mi deber). Aquí termina y descansa mi deber de salvar y proteger esa pequeña joya de mi herencia y de mi vida, que ya pertenece a todos los lectores y admiradores de esas cartas. Gracias.