El «no» de Irlanda

Sea cual sea la reacción de Irlanda y de los restantes Estados de la Unión Europea al resultado negativo del referéndum irlandés, lo que ha quedado claro es que el plan b (Tratado de Lisboa) al rechazado texto de la nonata Constitución Europea tampoco ha tenido mucha suerte. Y, además, ha quedado claro que, cuando los ciudadanos europeos votan en un referéndum (ahora Irlanda, antes Holanda y Francia) un texto institucional europeo, corremos el riesgo de perder la votación. Mala cosa. Incluso en el caso, como es el irlandés, del país que más se ha beneficiado de los fondos, de la ayuda en general, de la seguridad y de las instituciones de la Unión. No es, pues, cosa sólo de dineros. ¿Tendremos que pensar que ahora que Irlanda es rica (la más alta renta proporcional per cápita) no quiere saber mucho de otros países mucho más pobres que acaban de entrar en la Europa unida? Lo que nos lleva a concluir, contra nuestra voluntad optimista, que en el abigarrado seno de los 27, que pronto serán treintaitantos, las varias velocidades son más que necesarias. Lo que hoy sucede en el ámbito de la moneda o en el de la seguridad (Schengen) tendrá que extenderse a otros ámbitos. Estamos lejos de aquella Europa federal que soñamos, irrealistas, muchos de nosotros. La Europa del siglo XXI no son los Estados Unidos de América del siglo XVIII. ¡Nos tenía que recordar, tiene bemoles la cosa, Irlanda, un país que parecía acérrimamente europeo, cuando, en 1973, entró en la CEE (Comunidad Económica Europea), todavía pobre y siempre antiinglés! Y no caigamos en el tópico facilón de hablar del nacionalismo de los Estados. ¿Quién no lo es a la hora de la verdad?