Acabo de ver durante un buen rato el fantástico espectáculo de agua y fuego, con la torre del agua y el nuevo puente sobre el Ebro como soportes y símbolos principales, en apertura de la Exposición Internacional de Zaragoza, dedicada al agua y al desarrollo sostenible. Conmemora la Hispano-Francesa de 1908 y coincide con el bicentenario de los Sitios, en 1808, durante la guerra contra los ejércitos de Napoléon. He seguido también del principio a fin la anterior ceremonia institucional, que me ha parecido digna, solemne, realista y hermosa. Todos han hablado bien, desde el comisario hasta el rey de España. Pero excelentes me han parecido las intervenciones del alcalde de Zaragoza, que se ha acordado de todos los coautores, de cualquier color o signo que fueran, y el del presidente del Gobierno de España, que seguramente es obra colectiva. Me han dado un buen impulso de futuro, que falta nos hace. He vivido la alegría de una España viva y creciente. He contemplado, puesta en pie, una unidad eficaz y solidaria, no esa de los latiguillos que sólo sirven para confundir. Y, como pocas veces nos ocurre, he visto juntos en Zaragoza -una ciudad cercana, querida y admirada- el trabajo común, la utilidad, la belleza, el progreso, el pasado, el presente, el futuro y… la esperanza colectiva.