Hace unos años, estando una mañana en el bar de Beire, un paisano generoso, al oírnos hablar del hombre de Turbil, que se había encontrado recientemente en el lugar, nos empaquetó en su coche y nos dijo:
-Vamos p ´ allá, que llegaremos antes que tener que explicarles bien el camino.
Y allá nos fuimos, vimos la estatua-estela y nos volvimos con él.
Hoy se nos ilumina en el cerebro la bombillita de Turbil, tras la página que acaba de publicar Julio Asunción, y como reinaba el sol del mejor otoño en el mejor cielo azul de diciembre, repetimos el viaje de aquel año pero siguiendo al GPS partiendo de Olite, por buenos caminos y campos transformados por el cercano canal de Navarra, que los rodea como un cordón gris y semicircular, y penetra en todo él con su red de tuberías y de aspersores: sernas sembradas y no cultivadas, algunos rodales de olivos, habales recientes y algunas viñas recién deshojadas, con grandes alegrías de cuando en cuando de calandrias sueltas y de algunos grupos de jilgueros. Llegamos por el norte a los pies del castro, junto a unos viejos corrales desvencijados y unas cañas a la orilla del camino con grandes charcos de agua.
Desde aquí vemos bien la estructura del castro, un complejo macizo defensivo de unos 30.000 metros de superficie, con una altura máxima de 455 metros cuadrados, en medio del plano de Olite, pero ya en términos de Beire. Lo estudiaron a mediados de los ochenta Beguiristain y Jusué, después Armendáriz, pero sin haber excavado a fondo el más importante oppidum del centro de Navarra. Encontraron cerámicas manufacturadas y torneadas, molinos de mano y algunos rastros de vida de época imperial.
Debieron de abandonar sus pobladores el lugar en el II siglo a. C., tras la primera presencia romana, instalándose en ciudades cercanas como Cara, Andelos…, pero en el sigo IV o V algunos de ellos volvieron a habitarlo en algunas de sus dependencias.
Delante de nosotros y hasta las bardas mismas del castro se extiende una larga y doble franja de coliflor muy crecida y bien regada, con hondos surcos, hechos por el tractor, llenos de agua. El barrizal es grande y no podemos dar un paso por ahí. Así que, tras almorzar brevemente al sol templado en el día geológico y astronómico de Santa Lucía, damos una vuelta por los campos de Beire, rodeando por el oeste y el sur el macizo, entre cultivos parecidos a los anteriores, hasta llegar al punto central meridional del macizo castreño por una ancha pista, camino comunal de Ujué, y luego por una desviación. donde hay varios letreros que indican la Ruta de Turbil, toponímico muy discutido.
Subimos por un buen sendero que bordea un almendral, al parecer abandonado, lleno de malas hierbas, que nos interna en un prieto monte bajo, cultivado para cereal todavía durante la primera mitad del siglo pasado, y hoy todo un coscojar, chaparral o carrasquilla (quercus coccifera), mezclado con denso romeral – y el romero floreciendo, como en el villancico navideño -, tomillar, enebral, aliagal, cardedal yesero…, propios del monte bajo.
Desde aquí ya vemos a lo lejos la mota blanca de la cabeza de la estatua. Y allá que vamos.