Desde aquí se domina todo el plano que va desde Tafalla a Caparroso, limitado visionalmente, al sur, por la Bardena Negra y el Moncayo, y, al norte, por Alaiz, El Perdón y Andía. Por el oeste corre una muy lejana línea recta, a la que la leve neblina de la tarde le hurta toda lejanía. Y, por el este, tras el somontano, tradicionalmente cerealista y vitícola, y cada día más productor de nuevas verduras, nos damos con el paredón de la larga Sierra de Ujué, con sus sombras y manchas oscuras de monte bajo, baldíos y algunos verdes de las recientes sembraduras Todo abanderado por la enhiesta torre del santuario mariano, a donde peregrinan cada año los devotos íncolas de estas tierras desplegadas por aquí.
Caminamos por un sendero que corta el amesetado monte bajo de chaparros, romeros, aliagas,.., que hace un siglo era todavía campo de labor, hasta llegar a donde se yergue la estatua-estela, asomada al balcón septentrional del oppidum , a solo unos metros de donde la encontró un buen día del año 210 el olitense Julián Algarra, para los amigos Chamaco. Estaba rota en 21 trozos, sucios de líquenes. Lo puso en conocimiento de las autoridades, que encargaron al arqueólogo Javier Armendáriz el estudio y la publicidad de la invención. Hoy, la estatua-estela, bien restaurada, es una de las joyas del Museo de Navarra, y aquí se erigió una buen réplica, junto con un sucinto panel metálico que lo explica, pero en el que no se habla de hombre ibérico. El lugar exacto del descubrimiento se cubre con un amasijo de piedras.
Mide la estatua-estela 2´75 m. y podría medir 3, si se le añadiera la parte inferior perdida. Dañada y algo recompuesta la parte facial, se distinguen las trazas de un ojo, una oreja, una parte del pelo de la cabeza, una correa de cuero en el hombro y un disco-coraza en el pecho, de 50 centímetros, que solían llevar, en los siglos V-III, guerreros del Oriente Medio, y también los íberos, que procedían de allí.
Según Armendáriz, la estatua podría ser bien la estela de un príncipe guerrero; el tótem o espíritu del poblado, o la imagen de una divinidad adorada por sus paisanos. O las tres cosas a la vez.
Comentamos la poca relevancia que llegó a tener, en nuestra opinión, el descubrimiento de la estatua más antigua encontrada en Navarra, y más si la comparamos con la conmoción causada por reciente mano de Irulegi. ¿Qué hubiera pasado, si, según los arqueólogos, este hubiera sido, en vez de un Homo Ibericus, un Homo Vasconicus?
Nos hacemos una foto junto al príncipe, el tótem o el dios, o junto a los tres a la vez. Recorremos luego el castro por los cuatro costados, a la penúltima luz creadora de esta sosegada tarde de diciembre. Vuelan algunas tardías calandrias. Y algún que otro rapiño cazador. Los colores de los pliegues de la Sierra de Ujué van cambiando por momentos con los últimos manojos, cada vez más tibios, de sol.