Desde Rosinos de Vidriales (Zamora) vuelve a escribirme mi fraternal amigo Pepe Alonso, el 10 de septiembre de 1957. Me dice que no ha llegado a sus manos el telegrama que le envié, lo que ha hecho retrasar las cosas: Comprendo el dolor de los primeros días y te acompañé en el. De esto una enseñanza sublime que el Espíritu Santo dijo hace tiempo: ¡Maledictus homo que confidit in homine!».
Me remite la carta que le escribe el rector de Comillas y la que le envía su amigo P. González Caminero, profesor de filosofía (que, por cierto, no se las devolví, aunque él me lo había pedido por su fuerte valor de testimonio). Caminero le responde, a pluma, muy amistosamente, el 2o de agosto: Si insistís con el P. Rector y presentáis razones, no será difícil parar el golpe. Hacedlo siempre con respeto y serenidad, pero insistid. Yo no puedo hacer más que daros esta información sobre el ambiente y este consejo: más no puedo. El rector, P. David Fernández Nogueras, en carta de 3 de septiembre, a máquina, y en seis líneas, le agradece su buenísima intención y le añade: Aunque Arbeloa no vuelva no es precisamente porque haya sido expulsado sino porque había razones para exponerle lo que creíamos más conveniente que hiciera en sus circunstancias.
Pepe piensa que la solución Salamanca sería buena, aunque él prefiere tenerme en Comillas, que, aunque fuera muy fuerte para mí, sería también un triunfo. Me dice que será muy fácil que, el próximo curso, me acompañe a Roma. Compara la actitud de Caminero con la del P. Alonso, profesor de Sagrada Escritura, a quien también acudió, pero no le contestó: las determinaciones de arriba le achantan en seguida: no tiene la personalidad de Caminero. Siente que se va a quedar muy solo en Comillas: No puedo confiar en nadie. El Prefecto nos ha salido rana. He tenido que cambiar el buen concepto que de él tenía y creerlo menos hombre. Desde el principio comprendí que el tiro venía de él por algo que a mí me indicó a fin de curso. Le escribió antes que al rector y no ha tenido la elemental delicadeza de contestarle.
Se refiere luego al Congreso de los jesuitas en Roma, del que no se sabe nada. Me habla de algunas pequeñas cosas de su vida: está leyendo Fábulas con Dios al fondo, de José Luis Martín Descalzo, que le parecen muy buenas; tiene varios artículos a medio hacer desde hace casi un mes; quiere que le escriba en seguida, diciéndole mi decisión. Y me despide: Confiando en tu oración de ahora, un abrazo fuerte.