El sábado de septiembre sale tan bello y apacible, que parece el día mismo de la creación del mundo, según las antiguas y sagradas crónicas.
Cuando decidimos volver al puerto de Urkiola (ferrería del abedul), corazón del Parque natural del mismo nombre, de 5958´3 ha y un perímetro de 83, 8 km., me vienen a la memoria aquellos lentos viajes de Pamplona a Bilbao en La Burundesa, que pasaba por allí y allí se detenía un rato. Después vinieron las visitas al santuario con familiares y amigos.
Esta vez no nos contentamos con eso, sino que, antes de llegar al destino, damos un largo rodeo con el coche para ver, desde los lugares más cercanos posibles el largo cordel (desde el noroeste al sureste), calizo y crestoso, de la sierra Aramotz-Eskubaratz, los montes del Duranguesado y la sierra de Arangio: Arrietabaso, Mugarra, Untzillaritz, Aits txiki, Alluitz o Amboto (1331 ms.), este último tenido como el Olimpo vasco. Se yerguen sobre la línea de división de las vertientes mediterránea y atlántica. Ya la contemplación de esta belleza natural es un fin en sí de toda una excursión.
Discutiendo de nombres de crestas y cresteríos, llegamos por fin al Puerto, cuando una multitud de paisanos. festivos y festivales, se desparrama por las laderas para el sempiterno rito de la comida campestre en común, en una taravilla de bullicios. Nosotros andamos un rato por el camino del Vía crucis, y a la vuelta nos asentamos cerca de la nevera del XVII, en uso hasta comienzos del XX, de 6 metros de profundidad, a la sombra nada menos que de un haya y de un roble, teniendo como mantel natural un alegre rodal de cólquicos otoñales.
Tras el café en el único restaurante abierto, junto a la carretera, donde asan cajas y cajas de pimientos de Leiva, subimos pausadamente la larga escalinata de seis tramos hasta el santuario, un adefesio de ruinas de proyectos -bases de torres y pórtico- y componendas de realidades. Queda exenta una pequeña y neoclásica torre campanario de la construcción anterior (1870). Es la tercera edificación histórica de la iglesia, que comenzó en 1890 y fue consagrada como templo por el obispo vasco local Mateo Múgica, cuando este pudo volver a España y a su diócesis, a finales de 1933, tras ser expulsado injusta y atrabiliariamente por el Gobierno de la República, y obligado a pasar la frontera en mayo de 1931.
En lo que iba a ser la parte central de la basílica a los santos Antonio Abad y Antonio de Padua, hay un pequeño jardín al aire libre, con los símbolos de la Vizcaya agrícola (laya), industrial (turbina de piedra) y marítima (ancla). En el templo actual, lo que iba a ser cabecera es ahora coro, y el altar se abre en la parte inferior de la pared que cierra la nave. Los misioneros vascos que volvieron de las Misiones Diocesanas en el extranjero, y se encargan del santuario desde 1970, han transformado el interior en un esplendoroso recinto sagrado post Vaticano II, pleno de recogimiento, de obras de arte muy varias y simbolismo general, a través sobre todo de la luz de las vidrieras y de los mosaicos de muy vario color, sobre todo en el moderno sagrario, rojo de volcán, entre las clásicas tallas de los patronos. Un pequeño museo a la vez.
Fuera del templo y en área del mismo, nos llama la atención la placa de bronce, del año 2000, que recuerda, junto a otra cercana de hierro, superpuesta a la antigua de madera, el sitio mismo donde, el día 13 de junio de 1854, fiesta de San Antonio de Padua, el bardo vasco José Maria Iparaguirre cantó con su guitarra, por vez primera, el Gernikako Arbola. Y, como que sí, como que no, me llevo una hoja del retoño del árbol bendito, plantado junto a la placa,
Terminamos nuestro viaje paseando por Durango, una de las villas más bellas, y también más navarras, de Vizcaya.