El 7 de agosto de aquel fatídico 1957, me escribe a Mañeru desde Cobreros (Zamora) mi amigo del alma Pepe Alonso Rodríguez, natural de Ponferrada, cuatro años mayor que yo, también poeta y, años después político, muerto en 2004, y estudiante entonces de un curso superior al mío en Comillas, a donde había entrado de niño. Fue uno de los primeros amigos a quienes recurrí en mi angustia, y fue uno de los más comprometidos:
Mi querido hermano. Tu carta me ha crucificado y te contesto también entre lágrimas después de pasar un rato hablando con el Señor. Dejemos a Él que juzgue la injusticia y la ligereza; Dios tiene providencia y todas las cosas entran dentro de sus planes. Es desagradable sufrir pero nos es muy necesario. Pero a Dios rogando y con el mazo dando. Es urgente moverse y ante todo cansar al Señor y a la santísima Virgen.
Me pregunta luego si escribí a un compañero nuestro, un verdadero santo, que tiene mucho predicamento ante el rector y el prefecto, y me aconseja dirigirme a dos padres jesuitas, que tenían buen concepto de mí. Me añade que él piensa escribir al padre espiritual, a otro profesor a quien estima mucho, y hasta al prefecto y al rector, pero me dice que le diga por telegrama si me parece bien.
No hace falta ser perspicaces -sigue diciéndome- para ver que eso viene del homenaje al Sr. Nuncio [¿mi discurso ante él, ese día?] Y para no cambiar no han tenido la hombría. si no la caridad, de hablar claro. Por eso, si no se encuentra otra solución, ¿te atreverías a visitar al Sr. Nuncio? Por carta no, porque lo escrito es susceptible de muchas interpretaciones. A tu madre no le digas nada – si no lo sabe- hasta ver qué pasa. Sufre un poco tú solo, mejor dicho, nosotros desde tan lejos sufrimos contigo. A tu madre les das mis saludos. Si lo sabe, le consolará ver los que estamos a tu lado. Estoy dispuesto a responder a tu grito, ese !»Ayúdame!» final que me ha zarandeado las cuerdas más íntimas. Me tienes siempre a tu lado dispuesto a todo, aunque tenga que jugarme también la estancia en Comillas. Después de esto ha perdido para mí el poco encanto que le quedaba. Con un abrazo de hermano y mi oración, José Alonso Rodríguez.