La noticia saltó el 28 de julio, cuando el cardenal Cobo, arzobispo de Madrid, expulsó a la superiora de las Hijas del Amor Misericordioso (HAM), una asociación pública de fieles, con presencia en Madrid, Toledo, Sevilla y Getafe, nacida en 2007, y les prohibió toda actividad y el ingreso de novicias. Por abusos de poder y de conciencia estructurales y supuestas incidencias de tipo afectivo-sexual, control carente de libertad, anulación del sentido crítico y aislamiento familiar. Lamentablemente la manipulación de las HAM no es un fenómeno aislado en Europa y América, sino una táctica presente en realidades eclesiales de nuevo cuño y viejas formas, presentadas como propuestas aparentemente renovadoras, pero con resortes preconciliares y pentecostalistas, que confunden tradición con tradicionalismo, presentan el discernimiento y la libertad de conciencia como enemigos de una dirección férrea y manipuladora, en manos de líderes mesiánicos -imposiciones de manos, misas de sanación, obsesión por el demonio…-, que se parecen muy poco a Jesús de Nazaret.
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Fue dentro del V Observatorio de lo Invisible, celebrado en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, del 21 al 26 de julio, con más de 150 participantes, cuyo director y alma mater es el escultor Javier Viver. Este último, el arzobispo de Valladolid, el artista y performer Francisco Contreras (El Niño de Elche) y el sacerdote teólogo Fernando Bielza dialogaron sobre Dios, belleza y decadencia cultural. Según Viver, la decadencia artística de la Iglesia responde a una decadencia espiritual. No hay nada sucediendo en nuestro interior capaz de regenerar el arte sacro. El arzobispo castellano, Luis Argüello, fue más allá y afirmó que estamos viviendo una nueva desamortización, causada esta vez por nuestra impotencia: la Iglesia tiene que mantener un patrimonio inmenso, pero algunos conventos se han quedado vacíos, muchos pueblos se han despoblado y caen en manos de las inmobiliarias. No basta con pedir ayuda. Es la comunidad cristiana quien debe redescubrir la vida de la belleza para comunicar el Evangelio.
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En el encuentro con un millón de jóvenes en Tor Vergata, el 3 agosto, dentro del Jubileo de los Jóvenes, el papa León XIV, inspirándose en San Agustín, les dijo entre otras muchas cosas, en un profunda y vigorosa homilía: Hay una inquietud importante en nuestro corazón, una necesidad de verdad que no podemos ignorar, que nos lleva a preguntarnos: ¿qué es realmente la felicidad? ¿Cuál es el verdadero sabor de la vida? ¿Qué es lo que nos libera de los pantanos del sinsentido, del aburrimiento y dela mediocridad? (…) La plenitud de nuestra existencia no depende de lo que acumulamos, ni de lo que poseemos, como hemos escuchado en el Evangelio. (…) Más bien está unida a aquello que sabemos acoger y compartir con alegría. (…) Necesitamos abrir los ojos, mirar a lo alto, a las cosas celestiales, para darnos cuenta de que todo tiene sentido, entre las realidades de este mundo, solo en la medida en que sirve para unirnos a Dios y a los hermanos en la caridad, haciendo crecer en nosotros sentimientos de profunda compasión, de benevolencia, de dulzura, de paciencia. (…) Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos. Entonces verán crecer cada día la luz del Evangelio en ustedes mismos y a su alrededor.
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El 5 de agosto, con motivo del 80º aniversario de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, el papa Robert Francis envió un mensaje al obispo de la primera ciudad con un recuerdo especial para los supervivientes (los hibakusha): Las armas nucleares ofenden nuestra humanidad compartida y traicionan la dignidad de la creación. (…) Hiroshima y Nagasaki son símbolos de memoria que nos instan a rechazar la ilusión de una seguridad basada en la destrucción mutua asegurada, proponiendo en su lugar una ética global basada en la justicia, la fraternidad y el bien común.