
El Dios de Delibes



Ángel Moreno, de Buenafuente, nos ha dado ya muchas lecciones de espiritualidad. Me han encantado unas recientes reflexiones suyas sobre el perdón, que no hay más que decir:
Quien se resiste al perdón se endurece.
Quien se resiste al perdón huye del propio conocimiento.
Quien se resiste al perdón busca los defectos de los demás.
Quien se resiste al perdón se incapacita para pertenecer a la comunidad.
Quien se resiste al perdón se vuelve juez inmisericorde.
Quien se resiste al perdón puede llegar a enloquecer.
Quien se resiste al perdón se convierte en pretencioso.
Quien se resiste al perdón piensa que es invulnerable.



Según ACNUR, en el mundo hay 26 millones de desplazados interiores y 16 de desplazados exteriores, llamados propiamente refugiados, que huyen de la guerra, la persecución política, el hambre o causas similares. La mayoría de éstos últimos viven penosamente en grandes ciudades: somalíes en Nairobi, iraquíes en Damasco o Amán, etc; el resto en campamentos fuera de las ciudades. El número de refugiados en este momento disminuye en África -donde Suráfrica acoge el 25% de los mismos- y crece en Oriente Medio. Una de las organizaciones que más trabajan en este campo, junto a la oficial ACNUR, que organiza la ayuda de la ONU, es el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR), creado en 1980 por el P. Arrupe, presente en 50 países. Su misión principal es acompañar a los desplazados y refugiados y proporcionar instrucción y educación a pequeños y adultos. El jesuita alemán Peter Balleis, al frente ahora del Servicio, es muy crítico con la actuación de los Estados europeos en relación con los refugiados, especialmente Italia, y elogia la conducta en general de los refugiados que llegan, entre otros muchos inmigrantes, a nuestras costas, fronteras y aeropuertos: por su condición y su sufrimiento son los que menos problemas causan, y los que más interés tienen en aprender la lengua del país de adopción, respetar sus costumbres y permanecer en él.

(Luc 6, 20-23; Mt 5, 3-12)
El reino inminente predicado por Jesús
no es sólo el reino final, definitivo,
para todos los benditos de su Padre.
Un cambio radical ha irrumpido en el mundo.
Una inversión total de valores y medidas:
Lo grande es pequeño,
lo pequeño es grande;
la fuerza es el mal
el amor el bien;
los propios serán extraños
y muchos de éstos entrarán
en la sala del banquete de los tiempos novísimos.
Los profetas de Israel
denunciaron los desmanes de su pueblo:
el trato cruel de los cautivos,
la venta de los pobres como esclavos,
las matanzas impuestas por los reyes,
las muchas injusticias
de los dueños del poder contra los pobres.
Jesús de Nazaret
viene a cambiar el quicio de la historia,
vinculando el tiempo y el espacio,
uniendo los eones diversos,
invitando a los hombres
a escuchar la palabra salvadora
de la nueva creación.
Dios, Padre celestial,
es un padre pródigo en perdones
y es la sola razón
del amor y la justicia,
comunidad de alianza
que se ofrece en el reino de los últimos tiempos.
Tal vez en la colina,
tal vez en la llanura,
o a la brisa del mar de Tiberíades,
en una ocasión, o en varias ocasiones,
proclamó Jesús las tres bienaventuras,
que dicen mejor que mil tratados,
mejor que las encíclicas,
mejor aún que todos los concilios,
lo que el reino de Dios
significa y comporta,
superando cualquier expectativa,
contradiciendo múltiples pronósticos,
deshaciendo un sin fin de silogismos,
pero cumpliendo a la letra
la justiciera voz de los profetas de Israel:
Dichosos son los pobres
porque de ellos es el reino de Dios.
Dichosos los afligidos
porque serán consolados.
Y dichosos los hambrientos
porque Dios los saciará.


Hoy es el día
de San José,
esposo de María
tras la mensajería
del ángel de Yahvé.
Hombre de robusta fe.
Padre y tutor providente
de Jesús de Nazaré.
Justo, discreto y prudente,
como se ve.
Y ya no sabemos qué
añadir al carpintero
y albañil (tektón) que fue.
Ni por qué
desaparece el primero
del tablero
de la historia.
Y a fe
que no existe en la memoria
un santo más silencioso,
un santo más misterioso
que San José.

