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El cristianismo, una Revelación

Mejor que una Religión. Una Revelación, que llega al ser humano  como gracia que sorprende y convoca a su libertad; propuesta graciosa y gratuita que pide una respuesta, que es la fe: don y a la vez tarea, responsable y comprometida, verificable. Tal es el núcleo de un espléndido trabajo, publicado en la revista internacional Concilium por la teóloga brasileña María Clara Lucchetti  Bingemer. La religión sería algo posterior, esto es, el soporte doctrinal, ritual y moral, en el que esa fe dentro de una sociedad humana, que como tal necesita organizar sus experiencias más importantes, necesarias para que las generaciones venideras encuentren un espacio y una comunidad. Una institución humana, inscrita en el tiempo y el espacio, deudora de una cultura, marcada por la provisionalidad y sujeta a cambios y adaptaciones. Pero la autora se olvida de explicar el adjetivo posterior. La religión es posterior metafísicamente, teológicamente, pero no temporalmente en la mayoría de los casos. Gracias a esa religión, humana y provisional,  tenemos la inmensa mayoría de creyentes acceso a esa Revelación, a esa Palabra y a la Presencia de Jesús de Nazaret, la Revelación suprema. Separar demasiado Revelación y Religión es poco realista y grandemente perjudicial. Otra cosa es que la Religión haya de ser siempre purificada para que la Revelación sea mejor acogida y conocida por todos.  

Amor y dolor metafísicos

Releo a Unamuno sobre la vida, la persona, la bondad, el amor y el dolor. En su libro capital Del sentimiento trágico de la vida nos dice que el dolor es la sustancia de la vida y la  raíz de la personalidad, pues sólo sufriendo se es persona. El dolor primordial para don Miguel es el dolor, la congoja de querer ser eternos; esa hambre y sed de infinitud, de la que nos habla a cada paso, y que nos hace personas y no animales u objetos. Ese dolor que es pasión en nosotros mismos,  auto-compasión, a la vez que com-pasión con los otros más que de los otros. Unamuno habla de la mirada del prójimo que nos pide esa com-pasión y nos manifiesta la pertenencia del otro a una conciencia común que ansía la super-vivencia. Lo que nos anticipa la visión de un Emmanuel Levinas de nuestros días. Sin ese sufrimiento común, sería  imposible, según nuestro autor,  llegar a la conciencia de sí como personas y al verdadero amor del prójimo. Amor que es, en definitiva, voluntad de inmortalidad para nosotros mismos y los otros a través de todas las complejas venturas y desventuras del drama de nuestra vida.

Amor y dolor metafísicos

Releo a Unamuno sobre la vida, la persona, la bondad, el amor y el dolor. En su libro capital Del sentimiento trágico de la vida nos dice que el dolor es la sustancia de la vida y la  raíz de la personalidad, pues sólo sufriendo se es persona. El dolor primordial para don Miguel es el dolor, la congoja de querer ser eternos; esa hambre y sed de infinitud, de la que nos habla a cada paso, y que nos hace personas y no animales u objetos. Ese dolor que es pasión en nosotros mismos,  auto-compasión, a la vez que com-pasión con los otros más que de los otros. Unamuno habla de la mirada del prójimo que nos pide esa com-pasión y nos manifiesta la pertenencia del otro a una conciencia común que ansía la super-vivencia. Lo que nos anticipa la visión de un Emmanuel Levinas de nuestros días. Sin ese sufrimiento común, sería  imposible, según nuestro autor,  llegar a la conciencia de sí como personas y al verdadero amor del prójimo. Amor que es, en definitiva, voluntad de inmortalidad para nosotros mismos y los otros a través de todas las complejas venturas y desventuras del drama de nuestra vida.

Meditación de otoño

(A André Comte-Sponville)

He rellenado todas mis carencias,
en la leve plenitud de esta tarde.
He conseguido al fin
encontrar la cima del silencio
y enlazar el pasado y el futuro
en una intensa y gozosa eternidad.
He ahuyentado el temor con la esperanza.
Soy distinto del todo que es mi todo
y soy tan simple, que soy yo mismo.
Tan libre,
que se me ha revelado el absoluto.

Meditación de otoño

(A André Comte-Sponville)

He rellenado todas mis carencias,
en la leve plenitud de esta tarde.
He conseguido al fin
encontrar la cima del silencio
y enlazar el pasado y el futuro
en una intensa y gozosa eternidad.
He ahuyentado el temor con la esperanza.
Soy distinto del todo que es mi todo
y soy tan simple, que soy yo mismo.
Tan libre,
que se me ha revelado el absoluto.

Cambio de ministros

En todos los cambios de gobierno lo que más suele interesar es el cambio de gobernantes. Esta vez, empujado por la crisis económica, las encuestas, los barones autonómicos y la vieja guardia del partido, el presidente Rodríguez Zapatero, poco dado a  lógicas ideológicas en las que no cree, ha rectificado parcialmente, dejando intacta su nueva y obligada política económica, aunque nombrando ministro de Trabajo a un ugetista, y cambiando mucho más en la política propiamente dicha. Ha dejado a un lado sus antiguas ocurrencias -las llaman así ahora incluso los que las elogiaron antes- (Igualdad, Vivienda, Política exterior tercermundista…); ha colmado de poder, demasiado poder, al ministro del Interior y le ha dado la compañía de un zascandil vasco (tres ministros vascos y un catalán), un todoterreno, como ahora se dice, chico para todo, para todo lo que le manden. ¿Para sostener la alianza con el PNV durante este año y medio? Seguramente. ¿Para intentar el final de ETA por todos los medios, que tan bien conoce Rubalcaba, paradigma de la vieja guardia? Está por ver: algunos indicios apuntan a eso, aunque otros no. No creo que este hombre sea el sucesor: es demasiado frío, demasiado feo y lleva a sus espaldas, nos guste o no, el lejano pero dañino GAL. ¿Puede ser el hombre del futuro un hombre del pasado, de 1982? Podemos decir, pues, que el fin del cambio parcial es sobre todo, naturalmente, electoral, e intrapartidista. Si acierta, será el presidente quien gane y quien vuelva a presentarse. Y, si no, será el hoy todopoderoso Rubalcaba el perdedor, ya demasiado viejo para quejarse.

Cambio de ministros

En todos los cambios de gobierno lo que más suele interesar es el cambio de gobernantes. Esta vez, empujado por la crisis económica, las encuestas, los barones autonómicos y la vieja guardia del partido, el presidente Rodríguez Zapatero, poco dado a  lógicas ideológicas en las que no cree, ha rectificado parcialmente, dejando intacta su nueva y obligada política económica, aunque nombrando ministro de Trabajo a un ugetista, y cambiando mucho más en la política propiamente dicha. Ha dejado a un lado sus antiguas ocurrencias -las llaman así ahora incluso los que las elogiaron antes- (Igualdad, Vivienda, Política exterior tercermundista…); ha colmado de poder, demasiado poder, al ministro del Interior y le ha dado la compañía de un zascandil vasco (tres ministros vascos y un catalán), un todoterreno, como ahora se dice, chico para todo, para todo lo que le manden. ¿Para sostener la alianza con el PNV durante este año y medio? Seguramente. ¿Para intentar el final de ETA por todos los medios, que tan bien conoce Rubalcaba, paradigma de la vieja guardia? Está por ver: algunos indicios apuntan a eso, aunque otros no. No creo que este hombre sea el sucesor: es demasiado frío, demasiado feo y lleva a sus espaldas, nos guste o no, el lejano pero dañino GAL. ¿Puede ser el hombre del futuro un hombre del pasado, de 1982? Podemos decir, pues, que el fin del cambio parcial es sobre todo, naturalmente, electoral, e intrapartidista. Si acierta, será el presidente quien gane y quien vuelva a presentarse. Y, si no, será el hoy todopoderoso Rubalcaba el perdedor, ya demasiado viejo para quejarse.

Consenso sin principios éticos

Recordaba Antonio Elorza hace días en EP, discurriendo sobre el acuerdo ultra-presupuestario del presidente del Gobiernio de España con el PNV, aquel «famoso» prólogo de R. Zapatero a un libro de su amigo y ministro Jordi Sevilla, en el que identificaba las ideas lógicas con las ideológicas, que no  le van, por lo sostenía que el análisis ha de ser sustituido por una sucesión de actuaciones concretas según van surgiendo los problemas. Recordé, ad abundantiam, un párrafo mucho más famoso del papa Benedicto XVI en su discurso de Westminster Hall, el 17 del pasado septiembre, ante la flor y nata de la sociedad británica: Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil. Aqui reside el verdadero desafío para la democracia.