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«La religión no tiene nada que decirnos»

 

         El eminente físico canadiense James Peebles fue uno de los científicos que predijeron la existencia en el universo de  una radiación cósmica fósil, una especie de eco del Big Bang, que en 1964 dos ingenieron de la compañía Bell Labs, Robert Wilson y Arno Penzias, que se ganaron el premio Nobel de Física, llegaron a identificar. Peebles ha estado en Madrid para hablar sobre El descubrimiento y la expansión del universo. Admirador del físico belga George Lemaître, sacerdote católico, profesor de Lovaina, uno de los padres del Big Bang, ha recalcado algo que debiera ser ya aun axioma aceptado por todos: que la religión no tiene nada que decirnos [a los físicos], y los físicos no tienen nada que decir a la religión. Son ámbitos diferentes y mucha gente se siente cómoda con eso. Y Peebles recuerda lo que llegó a decir Lemaître: Si un creyente quiere nadar. es mejor que lo haga igual que un no creyente.- De todos modos, bueno es recordar que hasta hace bien poco uno de los argumentos cotidianos del ateísmo y del antiteísmo era decir, siguiendo al Estagirita y a su discípulo Averroes, que el mundo era eterno, sin principio ni fin. Es natural por eso que los creyentes se sientan también cómodos con la reciente convicción científica de que el mundo tuvo principio (Big Bang) y que el mundo acabará (Big Crunch). Lo que no contradice para nada las sabias palabras del físico canadiense.

Milagro

 

          Tras la nevada abrileña de los cerezos en flor,  la capital de la cereza en la Ribera, Milagro –miraculum– es mirador admirable en el entrerríos, entrambasaguas o mesopotamia del Aragón y del Ebro.

Farallón de yesos o, más soñadoramente, proa del barco fluvial equipado, con las  velas recogidas de los pinos, y el mástil de la torre gótico-renacentista-decimonónica de Nuestra Señora de los Abades.

Hoy mirador gozoso e incitante sobre huertas fértiles, sobre sus cerezales, los paredones inestables del torreón prismático de piedra y argamasa -el miráculo– nos recuerdan que nuesrtros reyes cristianos lo eligieron certeramenrte para vigilar la plaza musulmana de Tudela y sus razzias terribles a través de la segura ruta de los ríos.

El sol le hace mirarse peligrosamente en el agua, pero le dora y asegura a la vez las torrecillas barrocas de la basílica del Patrocinio y los aleros, las arquerías y los blasones de sus palacios dieciochescos.

El cementerio mediterráneo

 

              Desde que  el papa Francisco empleó la metáfora en su resonante  viaje a Lampedusa, todos la uitilizan ahora como si fuera invención propia. Como era de temer desde hace mucho tiempo, nuevas catástrofes humanas han seguido a las anteriores y seguirán siguiendo, mientras haya todo un continente, como África, que quiera saltar hasta Europa y se añada a ello medio Oriente Medio que, huyendo de la honda crisis interna que lo corroe y destruye, pretenda hacer lo mismo. La inmigración hacia Europa es desde hace muchos años el primer problema polìtico de la Unón Europea y ésta ha estado muy lejos de darle esa importancia y de diseñar siquiera una salida, que no una solución. Salida que compromete, penetra y condiciona todas las políticas: la económica, la de cooperación y desarrollo, la diplomática, la defensiva… No en el peor de los casos, y si esas políticas no se ponen inmedIatamente en marcha, corremos el riesgo de tener que ir abriendo campos de refugiados, a la manera de Líbano, Jordania o Turquía, en países europeos como Grecia, Italia, Chipre, Malta, España y hasta Fancia, de los que partirán ríos de gente hacia los paises del Norte. Todos los Estados de la Unión y de fuera de la Unión se verán gravemente afectados. Peor para ellos, si ahora mismo no tratan el problema de la inmigración como su primer problema.

Cuento soñado

 

            Tenía prisa y cogí automátiamente el paquete, en forma de envoltorio, que me habían traído esa mañana y bajé a buen paso desde el segundo piso de mi casa. Estaba oscureciendo, Al salir a la calle, miré hacia arriba y vi que había luz en la cocina. Entonces sentí que no habia saludado a mi madre y me prometí volver pronto para hacerlo.

Tuve mi primera sorpresa cuando, a los pocos metros, me encontré con la tía Marina, vecina de mi casa, quien miró hacia el envoltorio que yo llevaba en mi mano derecha y se puso a llorar desconsoladamente -¿Qué llevas ahí? ¿Qué llevas ahí?, comenzó a gritar. Pero yo tenía prisa, no suelo hacer mucho caso a la tía Marina, y seguí mi camino, bordeando el regacho, por el estrecho camino que corre parejo a casa Sabino, para salir al rellano de los plátanos frente a las askas de la fuente. Allí me encontré con Merceditas que me djo venía al teléfono público. Pero en esto miró hacia el paquete que yo llevaba algo disimulado en mi mano derecha y comenzó también a llorar desesperadamente y a gritar: ¿Qué llevas ahí? ¿Qué llevas ahí?

 Esta vez sentí un fuerte calambre en mi mano derecha y tuve que dejar el paquete-envoltoriio que cayo al suelo haciendo un enorme ruido. Eché a correr carretera abajo y llegué hasta casa Pardo, mientras se hacia noche negra de repente.

Eran las cinco de la madrugada. Encendí  el foco de la mesilla y recordé que sólo había cenado una manzana para tomar la couldina contra la congestión. Tal vez tenía un poco de fiebre. Luego pensé sí acaso  fue el negro cuento de Ambrose Bierce, Aceite de perro, que leí a comienzos de semana. No había manera de reatrapar el sueño.

Campos de colza

 

         Nadie diría que una planta resultante de la hibridación natural de una col y un nabo pudiera dar esa viva encarnadura casi gualda, que interrumpe galantemente el monótono perfil verde-verdusco de los campos navarros de la Baja Montaña y Zona media en los meses de abril y mayo.

En los primeros ochenta comenzó a cultivarse tímidamente en Obanos y en la Valdorba, en su variedad de primavera.

La producción de colza, rica en aceite y proteína, adaptable a la mayoría de los suelos, no ha hecho más que crecer en toda la Cuenca de Pamplona, en Tierra Estella y en toda la Ribera Alta.

Más limitado es el cultivo de girsaol, variedad pipa negra, destinada a la producción de aceite en el mismo espacio navarro; cultivo alternativo para romper el ciclo del cereal y mejorar los terrenos. Cabecitas y cabezotas locas en torno al sol, que las dora primero y las abrasa después. Encendidos relojes de las muñecas del viento, que marcan al revés la hora solar.

Me quedo mirando esas sernas recién aparecidas, luminosas, esplendentes, erguidas, coquetas, rozagantes, en las que el cielo azul, el blanco níveo de los cúmulos y el casi gualda de la colza pintan una bandera natural que simboliza la pacífica y ubérrima patria de abril y mayo.

Pasión y Resurrección

 

           La idea obsesiva de que la Biblia es un libro formal de historia, y la ignorancia de los métodos crítico-históricos han hecho estragos en la cristiandad, especialmente católica, que se olvidó de una catequesis apropiada del pueblo a medida que los nuevos conocimientos bíblicos iban llegando a ciertas universidades. Lo veo en estos días pospascuales, cuando se leen en la liturgia los relatos evangélicos, simbólicos, parabólicos y midrásicos, que se siguen leyendo y explicando como si fueran hechos de la vida cotidiana. Como se sigue explicando la Pasión de Cristo, unida irreversiblemente a la Resurrección, como algo fatídico o querido por Dios, un Dios vengativo y cruel, eternamente enojado, necesitado de descargar sobre alguien su ira y su furor, que «entregó a su Hijo a la muerte», entendido de manera literal, y así quedó vindicado y sereno, aplacado. No y mil veces, no. Jesús no fue entregado por Dios, ni «se entregó a la muerte», como se explican mal ciertos textos litúrgicos y paralitúrgicos. Ni a la muerte ni a ninguno de sus suplicios. Los rehuyó cuanto pudo. Y los afrontó, cuando se los impusieron sus enemigos mortales, eso sí, valientemente, como parte de su compromiso radical con Dios y con los hombres. Pero ni los deseó jamás, ni, como un piscópata, se entregó a ellos. Primero de los mártires-testigos, murió, ejecutado, asesinado por la autoridad romana en Palestina y el sanedrín de los sacerdotes, los ancianos y herodianos, responsables primeros de su muerte, que, por cierto, pocas veces aparecen como tales. ¿Qué diríamos hoy si los miles de martirios cristianos los achacáramos a Dios, al azar, a la propia voluntad de los mártires, o a la responsabilidad de todos los cristianos y aun de todos los hombres?

Pilar Cañada con chal

 

         En el Bellas Artes de Bilbaao luce, estas semanas, «El esplendor de Córdoba» en sus museos y coleccciones, desde el estupendo retrato de La reina Isabel de Valois, de Juan Pantoja de la Cruz, a serigrafías y litografías de Picasso, Miró, Tapies, Saura o Arroyo. Yendo de cuadro en cuadro, me detengo en la sección de la Neofiguración clasicista, en un cuadro de un pintor cordobés, Pedro Bueno Villarejo (Vllar del Río, 1910), a quien vi por vez primera en el Artium de Vitoria, y que acaba de fallecer hace unos meses. El cuadro se titula Pilar Cañada con chal (1957) y es un óleo sobre lienzo, perteneciente a una colección de la Diputación de Córdoba. Un fondo gris azulenco. Una silla baja que acoge  la figura escultural de un joven mujer sentada, cabeza breve, faz ovalada, ojos verdes, cejas, nariz y boca correctas sobre el esbelto pilar de su cuello, desnudo su primer entorno respetadopor un un chal blanco, que a ssu vez blanquea e ilumina todo el retrato. Una mirada serena sobre un horizonte cercano, contemplativa y complaciente. El chal estiliza y vela a la vez el delgado busto de la mujer, sobre un vestido largo y vivamente estampado, los brazos desnudos, sin un solo adorno, y las manos extendidas, los dedos suvamente enlazados,  sobre las rodillas invisibles. Un cuadro clásico y moderno a la vez, que une equilibradamente la tradiciñon del retrato clásico y la figuración contemporánea, que recupera algunos de los recursos de las vanguardias del siglo XX. Un foco de belleza. Una atracción del arte. Esplendor de Córdoba, Esplendor de la pintura.

«… escrivir las mercedes que el Señor me ha hecho»

 

«…aunque con verdad puedo decir que he sentido más en escrivir las mercedes que el Señor me ha hecho que las ofensas que yo a Su Majestad. Yo he hecho lo que vuestra merced me mandó en alargarme, a condición que vuestra merced haga lo que me prometió en romper lo que mal le pareciere. No havía acabado de leerlo después de escrito cuando vuestra merced envía por él. (…)  Suplico a vuestra merced lo enmiende y mande trasladar -si se ha de llevar al papdre maestro Avila- porque podría ser  conocer alguien la letra. Yo deseo harto se dé orden en cómo lo vea, pues con ese intento lo comencé a escrivir; porque, como a él le parezca voy por buen camino quedaré muy consolada, que ya no me queda más hacer lo que es en mí.  (…) Acabóse este libro en junio, año de 1562″.

( Santa Teresa de Jesús, Epistolario, carta 6. Al P. Domingo Báñez, Alcalá, finales febrero 1568, le envía el libro de la Vida)