El maestro don Marcelino Menéndez Pelayo, a quien todos debemos tanto en el ámbito de la historia y de literatura, amigo un día y admirador de Galdós o de Clarín, como antes de Valera, sabía bien, sobre todo en sus últimos años, que España no era única, sino muy diversa en todas sus manifestaciones. No es tampoco el mismo autor, que firmaba en Bruselas, noviembre de 1877, el «Discurso preliminar» a la Historia de los heterodoxos españoles, que el que firmaba en Santander, julio de 1910, dos años antes de su muerte, las «Advetencias preliminares» a la entonces última edición de su gran obra primera. Y su obra total, grandiosa, única, magistral, con todos los defectos que se quiera, fue elogiada por autores posteriores, liberales como Menéndez Pidal, Marañón o Unamuno, y hasta socialistas marxistas, como Luis Araquistain, embajador republicano en Berlín, que le llamó el Fichte español, pasmado de que el maestro montañés hubiera conocido, entendido y juzgado como ningún otro español, la reciente filosofía alemana. El primer Ménéndez Pelayo, veinteañero, era el que escribía, en junio de 1882, aquel párrafo, que muchos aprendíamos de memoria en nuestros años de humanidades: España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas. Lo que hay de cierto y justo en estas afirmacciones se junta con lo que la historia no ha verificado hasta hoy. Tenemos, por fortuna, también otras grandezas, y no sólo la unidad religiosa nos ha conservado unidos, como han dejado patente intelectuales católicos de la talla de Julián Marías o Pedro Laín, aunque nuestra unidad, como vemos cada día, sea tan frágil, y los arévacos y vectores asomen con otros nombres mas actuales, y algunas de nuestras comunidades autónomas parezcan rivalizar a veces con los viejos reinos de taifas. Por eso no está nada de mal que recordemos otras palabras de don Marcelino -nuestro mejor prosista del XIX según Unamuno-, al menos en lo que toca a esa parte real y verdadera de su versión histórica, que hoy la moda, la frivolidad y la ignorancia dan casi por inexistentes: Presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado mil veces por gárrulos sofistas, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuando en la Historia hizo de grande, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía. Un pueblo viejo no puede renunciar a su cultura sin extingui la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil.
