La plaga de los incendios

 

Junto a las olas de calor, y antes del tsunami humano de Ceuta, los incendios fueron la plaga del verano.

Cuando un monte o un valle arde, arde un espacio que nos habla de Dios y del hombre, escribe Eduardo Acosta. Y se levanta un grito impotente que nos interpela, que nos recuerda que no podemos vivir como si la Tierra fuera un recurso infinito, como si el clima fuera un decorado, como si la naturaleza fuera un objeto a nuestra disposición. La economía integral nos enseña que el cuidado de la creación es inseparable del cuidado del ser humano. Que los incendios no son solo un problema ecológico, sino un problema humano, social y moral.

Los incendios nos recuerdan también la fragilidad de nuestra casa común y nos interpelan sobre nuestra responsabilidad compartida de protegerla. Cuidar la creación es cuidar la vida, el futuro de  las nuevas generaciones y la dignidad de quienes dependen directamente de ella para salir adelante.

Si no hay mal que por bien no venga, el bien dentro del mal de los incendios es la fuerza de la emergencia al borrar cualquier diferencia ideológica y de cualquier otra especie, y de dejar a un lado tensiones sociales y cualquier polarización. Frente a la cultura del enfrentamiento cotidiano, la solidaridad contra el fuego destructor de todo revela bien nuestra verdad más profunda, y el amor antiguo, aquella caridad, hoy denostada, vuelve a demostrar que es capaz de reconstruir más de lo que las llaman consumen.