La exposición sobre Poussin y la Naturaleza que pude ver hace unos días en el Bellas Artes, de Bilbao, traída desde el The Metropolitan Museum of Art New York, me hizo posible conocer de cerca la obra de un pintor excelente (1594-1665), tal vez el mayor de los franceses Es bien sabido que en los años cuarenta del siglo XVII el paisaje adquiere ya un cierto protagonismo en la pintura europea, que tiene que ganárselo en reñida pugna con el retrato y el cuadro costumbrista tradicional, y en otros casos, como en éste, con el repertorio arquitectónico clásico, presente en muchas de las obras del pintor normando, dada su formación humanista y su erudición greco-latina. Pero poco a poco la naturaleza se va haciendo personaje principal, exigiendo mayor porción de espacio y una más generosa donación de luz, como en Paisaje de un hombre lavándose los pies, hasta llegar a creaciones tan sublimes como La tempestad, que nos prefigura ya un Turner y tantas otros aciertos del paisaje romántico. Sus paisajes poéticos, de los años cincuenta y sesenta, quieren decir la total autonomía del paisaje como sujeto propio, autoposesor, subsistente en sí mismo, creado en sí mismo y para sí mismo: poético (poiesis). Qué vigor creativo en las piezas de esa naturaleza creadora –Deus sive Natura-, qué fulgor, qué perfección en la forma, en el color, en la luz envolvente: las encinas, los álamos, la hierba…, en cuadros como Paisaje con las cenizas de Foción o Paisaje con Diógenes, personajes buscados ya no como protagonistas, sino como complementos y, a lo más, como acompañantes del paisaje (país humanizado). La Naturaleza, impasible y a la vez grandiosa, está ahí omnipresente y omnipotente, señalando al hombre su verdadera naturaleza. Rara vez el hombre aparece dominándola y señoreándola.