¿Dónde está Dios? (IV)

 

          Le teología católica tiene la ventaja de contar con la existencia histórica de Jesús de Nazaret, el Cristo (Cristo histórico + el Cristo de la fe), el Ungido de Dios, el Verbo o la Palabra del Padre, que nos dejó el rico y extenso testimonio de su vida y de sus palabras. Difícil es en verdad que un cristiano pueda hablar en serio del silencio de Dios, a no ser que confunda a Dios con los dioses indios, griegos, egipcios o latinos, o pretenda que Dios esté hablando -¿y cuál sería su habla?-  a cada paso y en todo lugar, como un parlanchín cualquiera, o como un ídolo oracular.

A la pregunta dónde está Dios, el cristiano común y corriente puede contestar que Dios está en todas partes y sobre todo en todos los hombres. Por eso la respuesta de Elie Wiesel era correcta: Dios estaba en aquel niño colgado de la soga de la horca en Auschwitz, como había estado en todos los niños ahorcados o trucidados desde el comienzo de la humanidad, en todos los seres ajusticiados por el odio de otros seres humanos, desde Abel, pasando por el crucificado del Gólgota.

Porque no existe, al menos para un cristiano un dios mágico, sobornable, caprichoso, discriminador, un dios tapaagujeros, tapaignorancias, tapavacíos. No hay otro Dios y Padre que el de Jesús de Nazaret, el creador del mundo autónomo, con sus leyes propias e implacables, el creador a la vez de la libertad del hombre. El Dios que tomó en serio la humanidad de su Hijo –Perfectus Deus-Perfectus Homo-, tanto a la hora de nacer como de morir. No hay otro Dios que el Dios de las predicaciones de Jesús en Galilea, de su agonía en en Getsemaní y de su aparente fracaso en el Gólgota. Pocas religiones pueden entender como la cristiana dónde está Dios a la hora del sufrimiento y de la muerte.