Volvemos al Bocal Real

 

                Volvemos al Bocal Real, o simplemente al Bocal, en esta mañana de primeros de mayo para celebrar el resplandor sobre la hierba. Porque pocas veces como hoy, tras las plurales lluvias de marzo y abril, y cuando todavía la nieve reina en los Pirineos y en el Moncayo, puede el sol benigno de mayo mostrarnos con tanto entusiasmo  la luminosa coreografía vegetal en esta leve península curvada, que es el Bocal de Fontellas, rodeada de agua por todas partes menos por una. Baja el canal con sus aguas mansas pero resueltas, casi marciales, pero ordenadas, armónicas, rítmicas. Más imperiales que nunca, a la conquista pacífica de tierras y pueblos enteros, hasta la augusta, imperial Zaragoza. A la vera del canal, en los primeros jardines de la península, ya han reventado las rosas rojas, junto a dos barcas varadas, simbólicas, que componen un cuadro romántico, y más, si les añadimos una familia en traje de baño para tomar directamene el baño del sol. Recorremos las losas gigantescas, históricas, de la vieja presa de Carlos V, que construyó el ingeniero aragonés Gil de Morlanes. sobre la que hace poco pasó el Ebro avasallador arrollando los pocos rebrotes de mimbreras y chopos que se habían atrevido a levantar el talle en los últimos dos años, y todo el trasfondo de losas, piedras, cemento y malezas adyacentes.  Miro con nostalgia el palacio del Gobernador, con el escudo del emperador, a quien acabo de dejar en mis lecturas, envejecido, gotoso, impedido, llorando de emoción en el palacio de Bruselas, al trasmitir el reino de Borgoña a su hijo Felipe. El paseo hasta la casa de las compuertas es un concierto plural de pájaros primaverales, verdes multiformes y perfumes de cipreses, pinos, álamos y flor de las acacias, que nos acerca el viento de la tarde. Vienen detrás de nosotros grupos de mujeres maduras, parejas jóvenes con niños, jóvenes deportistas. Le pregunto a un paisano por unas matas de sisalla, que crecen en uno de los bordes, pero me dice que en su pueblo eso no hay. Vemos mejor que nunca, al llegar a la segunda presa, y con la ayuda de un mapa, la división de las brazos del Ebro: el que va a la vieja presa construida en el siglo XVI para la acequia imperial, que no llegó a ejecutarse; el llamado Canal Imperial, que recogió el regio apellido, dos siglos después, sangrado justo a la derecha de la nueva presa, y el curso normal del río, que continúa a la izquierda del embalse. Rindamos tributo de admiración no sólo al canónigo-ingeniero aragonés Pignatelli, que revisó la obra y se quedó con el nombre, sino al ingeniero holandés Cornelius Krayenhof, que fue el auténtico autor del proyecto, que reasumió otro Carlos, el tercero  de los Borbones que sustituyeron a los Austria. Al volver, nos detenemos en el frondoso parque de los chopos que se abanican de continuo el vientecillo de la tarde, donde oímos por vez primera las afinaciones del ruiseñor. Seguimos por la senda que separa los yerbines de las huertas, donde brillan las higueras, los cerezos, los perales, los cardos, las acelgas, las alcahofas, las cebollas y algunas cepas de uvas. En el campo de fútbol juegan niños y padres sudamericanos. En medio del laberinto, salta el surtidor de agua, donde en el verano se refrescan los más audacers o los más sudorosos. El roble de cinco siglos, antepasado de todos los recios robles que se asientan en su entorno, se yergue único, icónico, supremo. Frente al número 10 del Poblado lineal, de dos plantas, que data del XVIII, junto a la antigua posada y a la antigua escuela, hablamos con uno de los matrimonios residentes, que trabajan para la Confederación: son ocho familias, de las treintaicuatro que éllos llegaron a conocer. Les decimos lo mucho que nos gusta el Bocal, sobre todo después de la renovación llevada cabo hace unos años. y nos animan a ir un día de labor para poder ver los jardines que rodean el palacio, que, la verdad, nunca hemos visto. Cuando salimos, llegan más visitantes jóvenes y padres con niños. El parqueo natural, fuera del recinto, junto al puente de entrada, se ha llenado de coches. Pocos lugares en Navarra, tan placenteros como éste. Un verdadero jardín de delicias.