Viernes Santo

 

Quejumbre de Viernes Santo

 

Teólogos, liturgos, catequetas,
predicadores de toda laya…
¡Por Dios bendito!, no hagáis a Dios
responsable de la muerte de su Cristo,
de su Ungido, de su Hijo predilecto.
No escribáis, como acabo de leer en el Diurnal,
que Dios no perdonó a su Hijo.
sino que lo entregó por todos nosotros.

No, por el Dios bendito que nos ha de juzgar:
lo diga quien lo dga, en cualquier siglo,
y en cualquier sede o cátedra,
en cualquier libro,
por santo o sabio que parezca,
inspirado tal vez en el Dios del Antiguo Testamento:
¡Dios no mandó a su Hijo a morir en una cruz!
¡No el Dios de Jesús de Nazaret!
Ningún padre quiere la muerte de su hijo,
ni siquiera la permite,
y menos la muerte con cuatro clavos en un leño.

No hagáis que aparezcan inocentes,
después de veinte siglos,
Anás y Caifás, supremos sacerdotes,
y la sagrada
casta sacerdotal;
los hombres del derecho: los escribas y ancianos
-esos odiosos
ricos y agnósticos saduceos-;
el zorro cruel Herodes en su corte herodiana.
Todos serviles al dictado de Roma
Y el cobarde títere Pilatos.
Y todos los demás,
que tuvieron parte en la ignominia.

Y, si queréis, ya que siempre lo habéis dicho,
cargad contra todos nosotros,
habitantes de todos los siglos:
cobardes como aquéllos
crueles como aquéllos,
como aquéllos, fanáticos,
como aquéllos, viles y envidiosos.

Pero no incluyáis a Dios en el reparto.
¡Dejad en su sitio a Dios, imbéciles!
No puedo menos de insultaros.
¡Porque insultáis a  Dios de la manera
más torpe que puede imaginarse,
cuando le hacéis responsable
del crimen más nefando de la historia!