I Cor 11, 17-27
Veintidós o veinticinco años más tarde
de los hechos,
recuerda Pablo a los fieles de Corinto
lo que le contaron en Jerusalén.
Lo recuerda cuando ve
-¿por qué en la misa de hoy
nos cortan las palabras del apóstol?-
que en la cena del Señor
unos fieles pasan hambre,
mientras otros se embriagan.
¿No tienen acaso para eso casa propia?
¿O quieren despreciar a la iglesia de Dios
y avergonzar a los pobres?
Jesús de Nazaret, en aquella bellísima
metáfora aramea, y a la vez sinécdoque,
del cuerpo y de la sangre
para hablar de su persona,
no habló ante todo
de un pan expuesto y exaltado,
o discreto y oculto,
sino de un pan partido y compartido,
como fue su cuerpo en su vida y su pasión.
Siglos enteros, los teólogos
-¿quién dudará de su buena voluntad?-
discurrieron como físicos y químicos
y escribieron ubérrimos, estériles, tratados
de química eucarística.
De substancias, especies, partículas
y extrañas conversiones.
que, sin embargo, no eran verificables
en ingún laboratorio,
El pan es siempre pan y el vino es siempre vino:
su forma. su color, su tacto, su sabor
de alimento cotidiano,
que animan la lumbre de la fe,
la tensión de la esperanza,
la fuerza del amor.
Nos lo ordenó Jesús,
la víspera de de su pasón y de su muerte,
a todos los que estemos reunidos en su nombre,
partiendo y repartiendo el pan y el vino de la unión,
de la unidad fraterna,
de la vida y convivencia con los otros.
Es su presencia excelsa y Dios es su garante.
¿Acaso necesita para eso
la química teologal?
Lo dijo Pablo mejor que nadie
y antes que nadie,
cuando vio que en la cena del Señor
unos pasaban hambre,
mientras otros se embriagaban.
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