Una hermandad de discípulas y discípulos

 

Por fin me animo a escribir el artículo con el título Una Iglesia en el siglo XXI. Ni de ni para: en.

Una Iglesia que, llamada a vivir en comunión como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo, ha de superar la deformación eclesiológica del clericalismo, tan abominado por el papa Francisco, que favorece el abuso del poder y dificulta la sinodalidad, punto clave de la eclesiología del Vaticano II. Sólo la experiencia de una hermandad y sororidad de discípulas y discípulos, de distintas formas de vida cristiana, sociedades y culturas, puede ser digna de fe. El reconocimiento de la alteridad eclesial y cooperativa entre las diferentes vocaciones, carismas y ministerios  es el nuevo nombre de comunión.

¿Cómo una Iglesia, con sesgo exclusivamente masculino, puede en nuestro siglo juvenil y feminista, anunciar eficazmente el Evangelio redentor a mujeres, jóvenes y niños?. La cacareada dignidad bautismal de todos los cristianos debe traducirse en servicios y ministerios eclesiales, en nuevas y creativas formas sinodales de participación, discernimiento y toma de decisiones Esta es la conversión pastoral y estructural que necesitamos para salir de una eclesiología todavía discriminatoria a otra, nueva, evangélica, universalmente incluyente.