Hacía varios años que no la veíamos. Y volvimos por tercera vez. Después de Tiermes (Soria), Contrebia Leucade (Dos ciudades blancas, o Una doble ciudad blanca) pasa por ser el mayor y más espectacular yacimiento celtíbérico de España.
Es una tarde de esa impropia y deliciosa primavera que nos ha traído el mes de febrero de este año. El Alhama corre sereno y limpio en derredor del macizo inexpugnable, y algunos paisanos acampan para comer en el sotillo debajo de rocoso cortado septentrional.
Sabemos de los celtíberos, en el territorio que hoy se llama La Rioja, desde la batalla perdida que los enfrentó a Roma en los años años 188-187 a. C., cerca de Calahorra, seguida por el nuevo fracaso ante las tropas de Fulvio Flaco, en las inmediaciones del Moncayo, seis años después. Poco más tarde, los romanos fundaron la ciudd de Graccurris (Alfaro), junto a la desembocadura del Alhama. Se cree que en ese año 181 fue conquistada Contrebia Leucade por las armas romanas. Tras recobrar su independencia, fue nuevamente ocupada en el 142 a. C. y, según el historiador Tito Livio, cayó en manos de Sertorio el año 77, tras un asedio de 44 días. La ciudad se hallaba en un punto estratégico del valle del Alhama, en una de las vias de comunicación más directas entre el valle del Ebro y la Meseta. Según los arqueólogos, otro pueblo anterior a los celtíberos habitó el sitio más elevado del macizo, todavía sin bien explorar.
Nos abre la guía la puerta de acero cortén, en la parte baja de la vaguada, al Norte, por la que pasamos y vamos hacia la entrada principal de la ciudad. En época imperial se construyó un nuevo sistema defensivo, que sustituyó posiblemente a la muralla celtibérica. Los celtíberos habían construido en esta zona más vulnerable, por su poca altura, un foso profundo cercano a los 700 metros de longitud, con una anchura y altura entre los 7 y 9 metros. Y junto al foso, la muralla, con una anchura entre 2´5 y 4 metros, algunos de cuyos paños conservados alcanzan los 5. Unas torres cuadrangulares reforzaban el sistema defensivo. Los romanos añadieron una antemuralla, un lienzo rectilíneo con torreones semicirculares adosados y una puerta urbana de estilo legionario.
Vamos subiendo por el espacio urbano interior, que se ajusta al relieve irregular y montañoso del lugar, siguiendo las curvas de nivel. Hasta un matrimonio joven se anima a subir con el carrito del bebé. Talladas en la roca, las casas están alineadas respecto a las calles, y aparecen compartimentadas en varias dependencias, generalmente con tres estancias: un vestíbulo, una habitación principal y un almacén, con prolongaciones subterráneas. En algunas casas había varias plantas, como demuestran bien los ostentosos mechinales. Como sabemos, los romanos utilizaron, en algunas viviendas más nobles, pavimentos especiales de mosaicos, decorados con motivos geométricos, animales y plantas. El color blanco, blanquecino o blancuzco de la roca nos da la explicación del apellido de la ciudad.
Llegamos, subiendo lentamente por el centro de la ciudad, alrededor de una amplia hondonada lieca, que estuvo cultivada en pequeños lotes de cereal hasta hace unas décadas, hasta la parte occidental del macizo, donde vemos un buen trozo del foso primitivo, el murallón de piedra celtíbero y la superpuesta muralla romana. Allá abajo corre el Alhama entre chopos, y se abre un ameno camino que rodea la ciudad por el Oeste y por el Sur. Cerca se encuentra, cerrada por ahora a las visitas, la escalera de piedra que desciende al fondo del aljibe que se abastecía de las aguas del río. A lo que había que añadir, en cuanto al abastecimiento de este bien capital, y sobre todo durante un asedio, varios aljibes excavados en la roca madre y un acceso a la llamada cueva de «los lagos», del que apenas han quedado restos. La guía nos recuerda de vez en cuando que, además de los primitivos moradores, de los celtíberos y de los romanos, allí habian vivido gentes durante toda la edad media hasta el siglo XVIII.
Terminamos la visita, tras un refresco en la plaza mayor del vecino Aguilar del Río Alhama, donde nos topamos con el final del desfile de Carnaval, en el Centro de Interpretación de Contrebia Leucade. Una ciudad reinventada, como la describe el poldíptico, del mundo celtíbero y romano, que acabamos de visitar: la historia, la muralla, la naturaleza sacralizada, el tiempo, el vestíbulo, el hogar, el almacén , el guerrero y su alma, el hogar de los niños, el laberinto de las sombras, con una muy cuidada exposición de piezas arqueológicas encontradas en las excavciones anuales en la ciudad: vasijas, anillos, molinos, terra sigilata, lucernarios, ornamentos, espadas, ungüenteros…
Un pequeño Tiermes. Una colosal obra de generaciones humanas.