Tercer domingo de Cuaresma

 

      Era la Pascua probablemente del año 28 de nuestra era. Jesús sube a Jerusalén a participar en la celebración del pueblo judío de la esclavitud de Egipto. Pero las fiestas son fácilmente manipulables y reversibles y la Pascua era también para muchos no más que una serie de ritos y mercaduría. El Templo de Jerusalén, reconstruido el año 19 anterior a nuestra era, centro de la celebración, casa de Dios, lugar de encuentro con Dios, se había convertido en casa de mercado. Ya los profetas criticaban los innumerables sacrificios de animales, que estaban lejos de la voluntad divina Jesús continúa esa tradición profética y carga con un látigo contra los vendedores de ganado y cambistas de dinero, que hacen su oficio, necesario por otra parte en la organización tradicional de la fiesta. El mismo Templo, al que Jesús siempre ha respetado y donde ha expuesto lo esencial de su doctrina, es sólo un medio provisional de adorar al Padre. El verdadero Templo nuevo es Él, el Templo definitivo de Dios entre los hombres. La acción de Jesús, revolucionaria en aquel tiempo y lugar, es uno de los motivos inmediatos de su prendimiento y de su muerte. Una nueva religión, genuinamente liberadora, se abría paso en la historia.