Junto a la cantera próxima a Leza de rio Leza (topónimo vasco que nos evoca una sima, abismo, garganta, cueva o foz) se abre el recorrido por el cañón de su nombre, uno de los mayores atractivos de la Reserva de la Biosfera de los valles del Jubera, Leza, Cidacos y Alhama (Unesco, 2003), que pensamos emprender la próxima primavera. Y aún tenemos sin ver las ermitas medievales de San Martín y de la Virgen del Prado, que junto a la iglesia de Santa María la Blanca, del siglo XV, son las joyas de este reducido pueblo de treintaitantos habitantes, levantado en una pequeña terraza dentro de la inmensa hoya cavada por el afluente del Ebro.
En los nueve kilómetros que hay hasta Soto en Cameros, capital de la comarca Camero Viejo, nos alegran la vista las altas paredes del cañón, a las que el sol de diciembre arranca chispas de luz blanca y sepia. Y aqui está Soto, uno de los pueblos más ilustres y bonitos de la La Rioja y aun de España. Pasamos por el puente -unos lo llaman románico y otros del siglo XVI- y llegamos hasta la plaza, con su frontón, donde nos saluda desde su estatua en bronce (1920) el ilustrado indiano Juan Esteban de Elía, que apunta con su mano a las escuelas de su creación (1775), un edificio de tres plantas, con arcadas, que a partir de 1975 se convirtió en casa consistorial. Juan Esteban pagó con su fortuna mejicana las escuelas de tres maestros y abrió un fondo para los estudios universitarios de mocetes pobres que lo merecieran. El autor fue otro soteño del mismo apellido, Francisco de Elías, que fue escultor de cámara de Isabel II. Después de comprar, ritualmente, unos mazapanes -únicos- en el obrador de las hermanas Redondo y de tomar café en el Casino, damos un paseo, comenzando por el jardín del mismo, junto al remanso del río que hace de piscina pública y libre. En frente vemos los arcos restantes del viejo molino Arriuco (puro vasco: de piedra) y allí arriba, en el barrio alto, el antiguo hospital de San José (1775) -hoy, albergue-, con su gran escudo, la hornacina con la escultura del santo y una espadaña rematada en cruz. Los fundadores fueron los hermanos Ximenex-Pérez, oriundos de aqui y vecinos de Cádiz, uno de ellos obispo de San Juan de Puerto Rico. Un sendero bien cuidado y arbolado corre a lo largo del cauce hasta los restos de viejas casas construidas sobre rocas, y ahora derruidas o abandonadas. Allí arriba, se alza la ermita de Nuestra Señora del Cortijo, de origen medieval, de mucha devoción en la zona, asentada en un alto aterrazado, donde primitivamente hubo un fortín y un templo, el primer núcleo del poblado.
Detrás de la casa consistorial vemos el palacio del maqués de Vallejo (s. XVII), con su escudo de cinco bandas y cinco corazones. Dos perritos alborotadores se nos echan encima, como si fuéramos los niños que juegan con ellos. Son los primeros vecinos que vemos en este pueblo que llegó a tener 2.520 habitantes en 1842 y 1.063 en 1900, y ahora, contando con las dos docena de la aldea de Trevijano, tiene sólo 87. Estos días hay más movimiento de gente en torno a los mazapanes de la Viuda de Manuel Redondo. Algo más arriba se yergue la iglesia catedralicia de San Esteban (XVII-XVIII), de plana basilical, una nave, espléndido retablo y torre orientalizante. A su lado oriental corre un regato que separa el caserío, de piedra, ladrillo, madera y adoble, que sigue subiendo con edificios de hasta 7 u 8 alturas. Vemos gatos blancos en muchos sitios.
Soto en Cameros, que fue capital de la Junta de Rioja durante la guerra de Independencia, ha sido un pueblo de gentes ilustres, como hemos visto, y de políicos españoles, como el ministro de Estado y Justicia, Claudio Antón de Luzuriaga, y el de Gracia y Justicia, Ventura González Romero, ambos del siglo XIX. Otro diputadoy senador, José España, da nombre a la calle más cercana al río Leza.
No tenemos ni tiempo ni ganas de ver un montón de icnitas de dinosaurios carnívoros y herbívoros en las cercanías, pero al volvera Pamplona, vemos las casas altas de Trevijano y no vencemos la tentación de subir por un largo y curvo carretil, entre quejigos y encinas, hasta la actual aldea, que llegó a tener 340 habitantes a comienzos del siglo XX, hoy reducidos a 29. Cuando alcanzamos la cumbre, a 1011 metros, un viejo caballo blanco y una burra o asna parda, preñada, nos impiden la entrada, quietos en medio del carretil. Con las luces del coche conseguimos que se ladeen un poco. Acaban de encederse las luces del pueblo, situado en un collado entre la cima de Cuernosierra y la meseta de El Plano. Los depósitoa de agua junto a unas casas derruidas y una próxima vacada, de la que sale un hombre, pastor al parecer. No vemos otra alma en Trevijano. Nos acercamos al bulto de la iglesia de San Cristóval (sic), siglo XVI, sobre unas rocas, en lo más alto del poblado, que se resguarda, en su mayor parte, bajo él. Vemos desde allí, entre calles retorcidas, la plaza mayor, el frontón y una fuente. Dos vacas royas se mueven mansamente cerca de la puerta de una casa debajo de nosotros. Pueblo de trashumantes en los tiempos de la Mesta, y luego de ganaderos, el pueblo se vació en los setenta tras la fuga general hacia Logroño, pero unos pocos resistentes y unos jóvenes aventureros del Valle – a los que entonces llamban hippies– decidieron vivir aqui, y fundaron la Asociación de Amigos de Trevijano, que ha hecho de verdadero Ayuntamiento desde que el lugar quedó integrado en el de Soto en Cameros (1979). Hoy, la población se triplica los veranos, hay varios talleres artesanos de carpintería, encuadernación, cerámica…, y es muy activa la vida cultural y deportiva del pueblo. Junto a la iglesia, hay un letrero que dice: «Teleclub. GYM».
Pega un viento que pela. A la salida, no está la burra, pero sí el caballo, casi en medio del carretil. Avanzamos despacio, pero no se mueve, parece estático. Pasamos con miedo, el retrovisor rozándole casi la cabezota. Recordamos El Padrino y alguna escena de Buñuel. Allá abajo, lejísimos, el fogón de Soto, capital de Camero Viejo.