Solitud

 

         Recuerdo todavía unos versos, entre ascéticos y místicos, de aquel volumen, que leí en mi adolescencia, Poesía nueva de jesuítas -Beltrán, G. Villoslada, Blajot, Llanos…: Si has de morir tú solo / ¿por qué quieres vivir en compañía? / Corazón, corazón, que incautamente / te siembras en la vida,  / ¿raíces para qué? Alas remeras / y a volar cielo arriba.

Pero mucho antes era, y sigue siendo y será, lugar común eso de que nacemos, vivimos y morimos solos, profundamente solos. Alguien puede decir aquí también: unos más que otros. Digamos que somos únicos, y, por únicos, intransferibles. Y que, si somos solos, podemos estar acompañados, que es otro cantar. Al comienzo, a la mitad y al final de nuestro camino vital. Y que, por muy acompañados que estemos, en el reducto de nuestro ser más hondo, estamos siempre solos a la hora de cualquier última decisión, del último odio y del último y decisivo amor. Y a la hora de morir. Solos a la hora de la respuesta, de la responsabilidad concreta en última instancia, nunca mejor dicho.

De ahí, la imperiosa necesidad de cultivar, lo mejor posible, esa íntima, física y metafísica soledad. Esta última tal vez merece otro nombre: solitud.