En el libro La anarquía que viene (2000), del periodista norteamericano Robert Kaplan, este planeta que hoy tenemos como interconectado y globalizado, aparece como un peligroso cocktail de desigualdades sociales, extrema pobreza, juventud desolada por el desempleo, incultura, pocas perspectivas de futuro, corrupción generalizada, clase política mediocre en manos de grandes corporaciones y del poder del dinero…
Las conclusiones a las que llega Kaplan son de un fatalismo terrible, pero que ninguna de las numerosas y positivas estadísticas que nos hablan de los éxitos contra el hambre, las enfermedades y la incultura en el mundo, han logrado desmontar del todo. Las cifras demográficas del Tercer Mundo lo dicen todo para el autor del libro: más de la mitad de la Media Luna africana tendrá durante bastante tiempo menos de treinta años, y millones de jóvenes intentarán traspasar todas las fronteras, que ya apenas existen en el Sahel, para llegar a Europa, cada día más envejecida. El norte de África -escribe él- es un polvorín y estallará. A los 19 años de escrito su libro, ya ha estallado, y las cifras de la inmigración masiva, que anteayer llegó a Turquía y a Grecia, ayer a Malta y a Italia, y hoy a España, lo prueban de manera algo dispersa y disimulada, pero contundente. Algo parecido, aunque de forma más clamorosa, ocurre con el tsunami humano de Centroamérica, que desborda todas las fronteras hasta llegar al muro que inútilmente pretende levantar Trump en la frontera sur de los Estados Unidos de América. A lo que se añade en Sudamérica el éxodo masivo de venezolanos hacia el oeste, el norte y Europa.
Ya nos hemos olvidado de Afganistán, Irak y Siria. De la superpoblación y miseria de la India, Pakistán, Bangladesh o Indonesia. Mientras la República Popular China funge en todo el mundo de referente mundial del libre mercado.