A partir del edicto de Milán (313) y, sobre todo, después de Teodosio, se inicia y consolida un régimen de cristiandad, en el que, con el paso del tiempo, el interés principal de la jerarquía eclesiástica acaba siendo la conservación del poder y del prestigio, con un progresivo y lamentable desentendimiento de la centralidad que los pobres tienen en el Evangelio, en los Santos Padres, monjes, santos y teólogos de los primeros tiempos y posteriores.
Hay que esperar al Concilio Vaticano II y, en concreto, al Pacto de las catacumbas, de Domitila, la víspera del final de aquel (1965), para que se vuelva a reconocer dicha centralidad.
A partir de ese momento, y tras diferentes encuentros de los obispos latinoamericanos, ve la luz la obra Teología de la liberación (Lima, 1971) del sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, y se acelera la recuperación del hacer en la teología y en la espiritualidad de la Iglesia latinoamericana y de la Iglesia universal.
Pasados cincuenta años de aquel evento, marcados en muchos sitios por una intensa secularización, muchas comunidades cristianas en América y en otras partes del mundo siguen cuidando la identificación de Jesús con los parias de la tierra, evitando que las nuevas teologías de la mismidad o de la intimidad acaben absolutizando la fe cristiana, descuidando el compromiso genuino con los pobres, en favor de la dignidad, la justicia y la igualdad de los seres humanos.