Plaza de los Fueros

 

         Rafael Moneo -quizás el arquitecto navarro y español de mayor proyección internacional-, junto con otro preclaro aquitecto navarro, Estanis Cuadra Salcedo, la abrieron como un teatro clásico al aire libre, con tres galerías de paso subterráneas y unos bancos corridos de madera a lo largo de todo el semicírculo. Sobremontada por un anfiteatro de yerbín, pinos, hayas, fresnos y tilos.

Por este teatro abierto de la vida cotidiana pasa ahora, pisando fuerte sobre los adoquines, un grupo de estudiantes, como pasaron antes las gentes madrugadoras que van cada mañana a su trabajo, y luego las que hacen la compra, o los jubilados que van a sus cortos quehaceres o a tomar el sol.

Plaza de los Fueros. A los pies de la  Virgen Milagrosa, subida a la linda torre de la iglesia de los Paúles, levantada en 1928 por Víctor Eúsa, otro arquitecto navarro insigne, autor de obras notables, como el Colegio de San Miguel (P. P. Escolapios) y el Seminario Conciliar.

Plaza de los Fueros. Y de los fueros de los ciudadanos, urbanitas o no, que libremente van y vienen cada día, y cada día vienen y van.

Plaza de paso, más que de paseo, de la nueva ciudad, burguesa y aburguesada, activa e inquieta por definición.

En medio de la plaza, un círculo de losas solares marca el punto céntrico de la luz y de la vida de este espacio creado por el arte de la arquitectura, que es mucho más que el arte de los  arcos. Es la metáfora que enfatiza el caracter duradero de un ámbito cívico al servicio de la vida por medio de la luz.