En vísperas del centenario de Benito Pérez Galdós (Las Palmas, 1843-Madrid.1920), el autor español más leído después de Cervantes, una exposición instalada en la Biblioteca Nacional de Madrid, celebra su vida y su obra con el título Benito Pérez Galdós: La verdad humana. Y sobre su verdad humana como sobre su verdad religioso-divina hace ya mucho tiempo que se levantó una polémica interminable, que no ha cesado todavía. Ya es lugar común que el maestro don Marcelino Menéndez Pelayo, que le tildó en su juventud de heterodoxo, más tarde devino su amigo, se empeñó en que entrase en la Real Academia Española, lo que consiguió, y contestó al discurso del novelista al entrar en la docta casa, en febrero de 1897: Galdós -dijo don Marcelino- ha padecido el contagio de los tiempos, pero no ha sido nunca un espíriu escéptico ni un espíritu frívolo. No intervendría tanto la religión en sus novelas, si él no sintiese la aspiración religiosa de un modo más o menos definido y concreto, pero indudable.
El escritor y crítico literario Garmán Gullón, catedrático emérito de la universidad de Amsterdam, comisario de la exposición, declara a la revista católica VN que Galdós no era anticlerical, pero sí muy crítico con la Iglescia católica. Y la directora de la revista de estudios galdosianos, Isadora, Rosa Amor del Olmo, asevera que nadie ha escrito mejor de la cuestión religiosa en España. Y continúa: La posición de Galdós frente al catolicismo siempre fue crítica y analíticamente razonada, pues, según él, la Iglesia intervenía excesivamente en la vida social, en la educación, en la moral.
En cuanto al lema que preside la exposición, Amor señala que la opinión del novelista canario fue siempre abierta a la búsqueda de la Verdad, a ser consecuente con lo que se cree, sea cual fuere la religión, y a ser abiertos a la libertad de cultos. Pensaba él que si en España existiera esa libertad se levantaría la prodigiosa altura del catolicismo, se depuraría la nación del fanatismo y (…) ganaria muchísimo la moral pública y las costumbres privadas, seríamos más religiosos, más creyentes, veríamos a Dios con más claridad, seríamos menos canallas, menos perdidos de lo que somos. Cuesta un poco creer en tamaños efectos, casi taumatúrgicos, de dicha y sola libertad, pero así debía de pensarlo don Benito, y sin duda que en algo acertaba,