Entre viñedos y dólmenes

 

        En uno de esos sábados multicolores del último octubre, que nos ha regalado la pertinaz sequía otoñal, volvemos, cómo no, a nuestra dilecta Rioja alavesa. Al pasar por Laguardia, recordamos que la última vez que vimos la bodega Ysios, estaba enferma de goteras y humedades. La cosa acabó en un contencioso -uno más- contra su prestigioso arquitecto Santiago Calatrava, que se resolvió afortunadamente de forma amistosa. Hoy luce como lucía el año 2001, cuando su creación. Bajo los farallones de la sierra Cantabria, y  teniendo a sus pies un extenso viñedo de colores vivaces, el edificio rectangular de 26 metros de longitud muestra sus muros revestidos por lamas verticales de madera tratada con sales de cobre, en una línea sisusoide, que evocan una hilera de barricas. Las vigas de madera de la cubierta describen una superficie ondulada, que se encresta en el centro del espacio, sobre la puerta sur, en forma piramidal. Fulgura al sol el aluminio del acabado exterior. Y en el breve  estanque que ocupa toda la fachada meridional se refleja la estructura arquitectónica como en un espejo complaciente. La entrada, por occidente, la guardan dos filas severas de cipreses, y todo el flanco norte del muro, rodeado de vilñas,  lo escalan, lo dibujan y lo pintan  de otoño intenso las invitadas parras vírgenes, que uvas no dan, pero sí decoro, elegancia y belleza.

Echamos en la cesta casera unas cuantas uvas tempranillos de la viña más próxima, ya vendimiada, que completaremos en otra viña garnacha más adelate, y visitamos de nuevo, en esta tierra abundante de restos megalíticos, los dólmenes-corredor más próximos, San Martín, en la esquina de otra viña alta, y El Sotillo, cerca de un camino, en un antiguo encinar.

A sólo unos kilómetros vemos por vez primera, en el término de San Millán, al nordeste de Samaniego, el letrero de una bodega  con el nombre legendario de Rothschild. ¿Qué es esto? Subimos por la falda de la sierra. Muy cerca arranca el espeso encinar que asciende hacia la cumbre. Ya no nos acordábamos de que un 16 de junio de 2017, el rey Juan Carlos, acompañado del lehendakari Urkullu y la ministra de Agriculltua García Tejerina, descubría la placa que daba fe de la inauguración de la bodega Macán, obra conjunta de la familia Rothschild bordelesa y de la familia Vega Sicilia de Riberas del Duero. Nada menos. El proyecto arrancó el año 2003 y, seis años más tarde, se vendía la primera cosecha Macán. («Macanes» es el epónimo de los habitantes de la vecina villa de San Vicente de la Sonsierra, donde la bodega tiene también viñedos).  Desde fuera parecen tres naves independientes en diferentess escalas de terreno. Pero las tres están muy bien relacionadas: cada una de ellas aloja una actividad principal: elaboración, envejecimiento y expedición, identificadas, respectivamente, con el agua, la tierra y el sol. Cada una de ellas se prolonga en un pórtico de grandes dimensiones para proteger los accesos de la luz del sol y de la lluvia. La bodega se adapta a cuatro niveles de terreno, en proceso por gravedad. Los niveles están conectados por escaleras y plataformas elevadas para pasarelas y carga. La zona social, y separada, de la bodega, concebida como un satélite de la misma, se eleva en la parte más alta del conjunto, entre un viñedo experimental y un bosquete de encinas.

Un descubrimiento. Y cuántos tal  vez por descubrir.. Y es que La Rioja riojana y La Rioja alavesa han sabido unir la riqueza de un viñedo incomparable con la riqueza arquitectónica, artística, turística…, que hacen de ellas no sólo un terroir, sino un territorio singular.