Dejemos que cada uno piense lo que quiera sobre los sucesos de Alsasua -frase típico-histórica esta de sucesos, cuando no se quiere decir su verdadero nombre-, porque hay para todos en ellos. Los lugareños o sus compinches conocen mejor el lugar que los que no lo son, y saben incluso dónde están las campanas de la iglesia, aunque no vayan a ella, y hasta la magnitud de sus decibelios. Ha escrito bien en EM Cayetana Álvarez de Toledo que las campanas estaban cada vez más histéricas, epíteto bien logrado, porque, como se sabe, las campanas están también para tocar a rebato, es decir, arrebatadas, pero para otro tipo de necesidades que atañen a la vida diaria a los parroquianos. Escribe al respecto esta inteligente pensadora, agitadora y escritora: El párroco aseguró luego que su campanario había sido okupado, pero yo me acordé de Setién y su abyecta caverna carlista.
Muy mal escrito, Cayetana, sabiendo como sabía usted que escribía mal. Aunque ese repunte anticlerical no me sorprendió del todo habiéndole leído por ahí algunos más. No sé si conoció usted bien o mal al obispo Setién, pero estoy seguro que a ese párroco, que no tiene por suyas las campanas, no le conoce ni mal ni bien. Y, si no le conoce, es irracional intentar compararle, aunque sea lateralmente, con no sé quién para no sé qué. Irracional y tal vez malévolo. Patxi está en Alsasua en virtud de la santa obediencia y como misionero de Jesús de Nazaret y de su Iglesia para llevar sus bienaventuranzas, que incluyen, naturalmente, la paz, la concordia y hasta el sentido común, porque sin éste no hay sentido de la transcendencia.
Patxi no sería capaz de decir jamás que prefiere a unos sobre otros en la misma Iglesia, como alguien llegó a decir un día. Ni sería capaz de pasar de largo junto al herido del camino, como pasaron el sacerdote y el levita de la parábola evangélica, sin ungirle al menos con el aceite y la sal de los primeros auxilios. Los que le conocemos, aunque sólo sea un poco, sabemos que es así, y no es el caso de decir todo lo que sabemos.
Un poco de respeto, políticos, comentaristas, periodistas, por importantes y decisivos que penséis que sois. (No me refiero a los inhombres -mujeres y varones-, que mal dicen y maldicen en esos abominables lemas esparcidos por las calles de Alsasua y en esos basureros en que se han convertido los comentarios anónimos de los digitales: están fuera de la civilización).